Verónica Mera encontró 7,6 millones de cruzeiros y no se los reciben en ninguna parte
Una funcionaria de la sucursal del Banco do Brasil en Santiago le recomienda que los guarde como recuerdo.
Verónica Mera admite que lo primero que pensó cuando vio aquel grotesco y hasta casi pornográfico montón de billetes encima de la mesa, fue en el televisor que le dejó empeñado a un vecino para comprarse la mediagua en la que vive, ubicada allá en los arrabales de Temuco. Treinta mil pesos le dieron por aquel entrañable aparatito de 21 pulgadas, a todo color y pantalla cóncava, y que, inexorablemente, ha evocado día a día desde hace un año ya, que más bien le parecen décadas.
Lo segundo que pensó fue que la podrían asaltar y entonces sintió miedo. Lo más curioso es que aún lo siente, a pesar de que varios entendidos en la materia le han dicho que lo que se encontró carece por completo de valor, a menos que viajara a Brasil y se consiguiera una máquina del tiempo para retroceder hasta 1986, que fue el último año de vida útil del tipo de cruzeiro que ella tiene, según le explicó un señor de una casa de cambio. Pero Verónica no se convence.
«La plata la tengo escondida por ahí, por si las moscas», dice. «Un señor me dijo que si esta plata tuviera valor, yo tendría como 100 millones de pesos. ¿Cómo sabe si en una de esas vuelve el cruzeiro al Brasil?».
La historia no deja de ser un poco cruel. El martes, luego de una extenuante jornada de trabajo, Verónica Mera, 34 años, casada, dos hijos y cartonera de oficio, llegó a su casa para hacer el recuento de lo recolectado en el día. Entonces se topó con unos paquetes perfectamente amarrados en lotes y los abrió. En total: 6 millones 700 mil cruzeiros.
Verónica dice que esa noche no durmió nada y que a primera hora del día siguiente fue a una casa de cambio soñando con la casa propia. Primer costalazo. Le dijeron que esas monedas ya no existían y que no se las podían cambiar. Sin embargo, le dieron una esperanza: preguntar en el Banco Central de Brasil.
Lamentablemente, todo indica que el dinero que tiene no le alcanzaría ni para costear la llamada a larga distancia. Un poco más acá, en una sucursal del Banco do Brasil en Santiago, la funcionaria María Pacheco no duda en sentenciar: «Lo que tiene esta señora no tiene ningún valor. Va a tener que quedárselas como recuerdo».
Pero la pregunta que atormenta a Verónica es por qué no valen nada. Luis Álvarez, gerente de comunicaciones del Banco Central de Chile, responde: «Primero, no me corresponde responder a nombre del Banco Central de Brasil. Pero si se tratara de moneda chilena, respondería lo de siempre: que el valor del billete siempre es el mismo. Por ejemplo, si alguien tiene un billete de 500 pesos y va al banco a cambiarlo, le van a dar una moneda de 500 pesos. Pero aquí no se aplica el reajuste al IPC; al contrario, se resta».
Trasladando este principio al caso de Verónica, la situación se vuelve aún más triste. Los brasileños, campeones olímpicos de la inflación en los 80, han eliminado a lo menos doce ceros desde 1986 por los cambios de cruzeiros a cruzados, de cruzados a nuevos cruzados, de nuevos cruzados a cruzeiros reales y finalmente a los reales actuales, por lo que 7 millones 600 cruzeiros vendrían a ser, redondeando harto el cálculo, a algo así como 0,0000076 reales actuales. Quizás unos 0,002 pesos chilenos.
«La plata la tengo escondida por ahí, por si las moscas».


