Rica la vaca

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Los documentales en que un guepardo tumbaba una ágil gacela de Thompson me han enseñado mucho más del mundo que una gallina clueca cacareando en un corral pulcro y pagado.

No sé de dónde salió la moda de proteger a los niños de la violencia animal. En la televisión abierta ya casi no dan documentales sobre la vida salvaje y al parecer el ala zoológica de los canales está copada por veterinarios gritones o por aventureros insufribles que viajan a lugares exóticos a perseguir cocodrilos o culebras. Hasta el Profesor Rossa ha tenido que cambiar de rubro y estar dispuesto a dar todo tipo de explicaciones en nombre de la naturaleza cuando ésta se muestra demasiado cruenta o descarnada. Que los niños no vayan a creer que el león es malo porque a veces se come a sus cachorros o que la boa constrictora es desalmada porque estrangula cervatillos inocentes.

Eso, curiosamente, ha ido a la par con el crecimiento descontrolado del mercado de las mascotas. Leí hace unos días que sólo en las casas de Santiago hay casi un millón y medio de perros. Los supermercados destinan más espacio a los pellets que a las legumbres y en las grandes ferreterías es posible comprar iguanas, tarántulas, pececillos, canarios y hurones. Hasta los animales domésticos rurales han sido alambrados en granjas educativas, en donde los niños pueden meterse entre las patas de los caballos, mirar chanchos sin embarrarse los zapatos, ordeñar vacas a carcajada limpia y después tirarles la leche por la cabeza si se les viene la gana. La cultura animal ha cambiado de foco: jamás los niños habían estado tan cerca de tan diversos animales, pero con eso al parecer sólo han conseguido concebirlos como parte de una especie de juguetería universal.

A mí me parece que esa cultura animal no enseña nada más que egocentrismo. Niño, mira a tu alrededor: el mundo a tus pies. La violencia animal a distancia enseñaba tácticas, estrategias de sobrevivencia, belleza, armonía, sangrientas demostraciones del destino. Imágenes como la de un guepardo que tumbaba a tierra una ágil gacela de Thompson me han enseñado mucho más del mundo que una gallina clueca cacareando en un corral pulcro y pagado.

El resultado es que cualquier cosa que hace un tiempo habría sido algo normal ahora es «terrible» como un osito de peluche despedazado. Hace poco se difundió una noticia vieja: que un zoológico chino ofrece a los turistas la posibilidad de pagar por ver qué hace una manada de tigres hambrientos si de pronto un camión les pasa a dejar una vaca viva. Por supuesto, los tigres se la sirven en un dos por tres. Rica la vaca. El escándalo ha sido total. Todos los medios lloran la suerte de la pobre vaca. Los adjetivos vuelan: «horroroso», «macabro», «indignante». Los más vengativos ya están pidiendo que los tigres se zampen a los propios turistas morbosos y a los organizadores de esas visitas guiadas.

Nadie parece querer ver el otro lado de la moneda: que ese zoológico, el Parque de Tigres de Harbin, es uno de los pocos lugares en el mundo que mantiene con vida a los últimos tigres siberianos, especie que probablemente desaparecerá de la faz de la Tierra de aquí al 2040, y que alguien tiene que pagar su sobrevivencia en cautiverio. ¿O creen que los tigres comen whiskas? Además, los tigres casi no pueden vivir en libertad, porque los cazadores y las grandes mafias de la industria farmacéutica los tienen acorralados, aprovechando las creencias de que sus genitales son afrodisíacos y el polvo de sus huesos un santo remedio para la artritis. A mí me parece que, en este caso, la solución china es magnífica: que los turistas más estúpidos del planeta, aquellos que son capaces de llegar hasta el último confín a reírse con el espectáculo de una cacería, no salgan impunes de su estupidez y que al menos paguen la dieta de los tigres.

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