Es difícil, por más culto que se intente ser, no quedar fascinado por el relato de las orgía de Calígula o Nerón. Matanzas, violaciones, caballos convertidos en senadores y ciudades incendiadas sólo para darle un poco de fuego a los poemas del emperador. Tácito, Suetonio o Robert Grave describen el poder en su más desnuda cara, el deseo sin contención y frontera que vuelve monstruos tanto al que ordena como al que obedece, tanto al cliente como al que presta los servicios.
Dos mil años después parece que nuestro único logro es democratizar ese derecho a pernada, esa prostitución permanente hasta el delirio. Así un anónimo hombre, al otro lado del mundo, compra por algunos dólares el extraño derecho de ver a una secretaria, en el otro extremo del planeta, toqueteando los órganos genitales de sus propios hijos.
Separados por varios miles de kilómetros, por una cámara y una pantalla, ambos tienen el privilegio de pensar que eso que están haciendo no es real. Compran y venden: ella la dignidad, los recuerdos de sus hijos, sólo para que el pequeño Calígula en corbata disfrute de su momentáneo poder. ¿Le excitan realmente esos niños desnudados por su madre? Como Calígula o como Nerón quiere simplemente saber hasta dónde puede llegar. Demasiado lejos y sin posibilidad de regreso alguno.


