Escribimos estas líneas con la boca amarga, escuchando las cantinelas oficiales, las cantinfladas, los exabruptos de gente que no entiende nada de nada, ni le interesa entender nada en lo absoluto.
Mientras los chilenos -caucásicos o mestizos o lo que cada uno crea o quiera ser- sigamos convencidos de que la Araucanía es un lugar con muchas tiendas y patios de comidas, al que conocemos como la palma de la mano, Chile seguirá hundido en las tinieblas, en esa percudida oscuridad que, como el hollín de la campana de la cocina, se nos ha acumulado en la mirada durante dos siglos de endémica falta de curiosidad y respeto por el estudio y el conocimiento de los que saben. En dos centurias, donde campea, orgullosa, la ausencia de las más elementales ganas de entender, además de nuestro proverbial desamor a lo que nos es propio, el oscurantismo al parecer nos ha ganado la partida.
Escribimos estas líneas con la boca amarga, escuchando las cantinelas oficiales, las cantinfladas, los exabruptos de gente que no entiende nada de nada, ni le interesa entender nada en lo absoluto. No volveremos a repetir aquello de los «cercos comunicacionales». Ni siquiera hablaremos del bullado «problema mapuche». Hablaremos de un tumor, ramificado, con metástasis, que se llama «desprecio al conocimiento». Un mal para el cual no hay cura conocida, en un país de gente que no lee o, si lee un poco, no lo entiende.
Escribimos esta columna con la boca seca, mirando cómo se simula resolver un problema que no se comprende, sin prestar oídos a gente que, aquí mismo, entre nosotros, se ha adentrado en los parajes más sutiles que ocultan esas sombras, porque los han estudiado por años, con dedicación y abnegación. Uno, Miguel Laborde, autor del libro La selva fría y sagrada , nos dice: «Para los mapuches, la lucha del bien y el mal sucede al interior de cada ser humano. Y cada uno tiene que enfrentar, por su libre albedrío, el desafío, la tarea, de decidir hacia dónde se va a inclinar el universo».
¿Alguien ha llamado a Laborde para consultar su opinión? ¿Algún «mediador» le ha preguntado a Sonia Montecino, por ejemplo, cómo imagina una posible solución, de haberla, a este dramático conflicto que nos compromete a todos como nación, frente a nosotros mismos y al resto del mundo civilizado? Redacto esta columna con profunda vergüenza por ser parte de esta sociedad del desprecio. ¿Alguien está leyendo a José Bengoa, un experto indiscutido en la cosmovisión e historia del pueblo mapuche?
Hay sobre la mesa dos visiones de mundo opuestas que nunca podrán encontrarse. Unos creen que todo se arregla con plata, en una gestión corruptora y vertical. Otros miran la tierra, su tierra, como nosotros nunca seremos capaces de mirar y de sentir latir la nuestra. Y, mientras tanto, vitrineamos y buscamos una buena liquidación para la cosa mapuche, en un mundo extremadamente bajo en calorías y ajeno por completo al saber acumulado por Laborde, Montecinos, Bengoa, entre muchos otros estudiosos huincas a lo largo del tiempo. Un tiempo en que el desprecio al saber y el desafecto a lo nuestro nos han empujado a un callejón sin salida, donde sólo cabe preguntarse: ¿hacia dónde se va a inclinar el universo?


