El fax, simbólicamente al menos, representa un traspié tecnológico, un paso estéril en la historia de las invenciones. Algo así como la olla graneadora de arroz: asombrosa por un día, útil por una semana y ridícula por el resto de la eternidad.
Hace unos días caí en la cuenta de que nunca mandé un fax. Durante el breve auge de esa tecnología, yo era joven y relativamente libre de papeleos. La masificación del e-mail gratuito fue el toque de campana que salvó a mi generación de aquellos engorrosos procedimientos: escribir una portada, pedir tono, averiguar números, confirmar el recibo, etcétera. Recuerdo que se produjo una especie de sicosis cuando el fax intentó expandir su imperio desde las oficinas al plano domiciliario. Había gente que lo usaba para saludos cordiales, cartas de amor, instrucciones para la nana; qué sé yo qué cosas mandaban.
Gonzalo Rojas incluso escribió dos poemas de títulos alusivos: «Fax sobre el asombro» y «Fax con ventolera». Eran títulos que alardeaban de venir desde el futuro, pero el tiempo fue cruel con ellos: no pasaron ni cinco años cuando su objeto inspirador ya estaba botado entre los trastos menos cotizados del mercado persa. Ahora el fax, simbólicamente al menos, representa un traspié tecnológico, un paso estéril en la historia de las invenciones. Algo así como la olla graneadora de arroz: asombrosa por un día, útil por una semana y ridícula por el resto de la eternidad.
Quizás prejuiciado por la experiencia de Rojas, ahora miro con reticencia todo lo que huela a fascinación ingenua, cuando no a aturdimiento, por la tecnología. Facebook, Twitter o lo que sea son espacios para ser usados, pero muchos quieren ver en ello poco menos que la revolución más grande desde la invención de la imprenta. No les conceden a esas herramientas virtuales algo que para ellas es esencial: su carácter precario y efímero.
¿Es necesario que Twitter o cualquier otra plataforma de comunicación tenga, también, estatura literaria o filosófica? ¿Por qué no usar esas plataformas, sin remordimientos ni culpas, y enseguida ver qué sucede?
Edmundo Paz Soldán escribió ayer en La Tercera una columna sobre el asunto, donde estableció cierta equivalencia entre la forma poética del haikú y Twitter, partiendo del hecho de que muchos tuiteros, con menos de los 140 caracteres permitidos, han logrado frases felices, que no les irían en zaga a los mejores aforismos hechos a la antigua.
Es muy discutible que las limitaciones espaciales sean la sustancia de algo. Hay tuiteros geniales que, efectivamente, usan Twitter como medio para publicar aforismos o versos brillantes, pero eso no es un atributo de Twitter, sino de los autores. Antes publicaban poemas en cajas de fósforos o en tiritas dentro de galletas de la fortuna. En el lado contrario, los blogs, que no tienen esas limitaciones espaciales, han servido para publicar novelas enteras, pero no por ello puede decirse que los blogs han modificado el acto de escribir novelas, como no sea dando ideas o interfiriendo. Los que cambian son los autores. Y los autores son los que escriben, valga recordarlo, y eso es verdad con o sin internet, con o sin fax.


