El pequeño Víctor se hartó de las cámaras y del apodo que lo hizo famoso

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El colorín más conocido de Iloca tras el tsunami volvió a sonreír en el Buin Zoo

Él pide a gritos ser un niño normal, dice su profesor David Núñez.

A pesar del frío, la lluvia y de tener que levantarse a las cinco de la mañana, el día de ayer fue uno de los más felices, después del terremoto y tsunami, para 108 niños de la Nueva Escuela de Iloca. Los pequeños llegaron inquietos y más despiertos que nunca al parque zoológico Buin Zoo.

Todos se bajaron del bus con una sonrisa, excepto uno. Bastó que Víctor Díaz, el pequeño colorín de nueve años que se hizo famoso por decir zafrada, viera un par de cámaras de televisión y a unos periodistas, para que en su cara se dibujara un tenue puchero. Inmediatamente se alejó del grupo, se puso un gorro y se fue lo más atrás que pudo. Así, calladito, serio y medio escondido entre sus bulliciosos compañeros, partió el recorrido para visitar las 200 especies del zoológico.

Primero fueron las aves y los caballos Falabella. Después los animales nocturnos y los peces. A todos los miró con atención y no perdió la oportunidad de sacarles fotos con su celular. Pero cuando llegó al acuario de los tiburones nodriza quedó hipnotizado. De ahí en adelante, Víctor se relajó y comenzó a preguntar todo lo que llamaba su atención. «¿Tía, cómo se llama ese animal?», dijo apuntando a una chinchilla. «¿Cuánto puede saltar un canguro? ¿Por qué se llevan a esa alpaca? ¿La puedo tocar? ¿Esos loros hablan?». Esas fueron las pocas palabras que salieron de la boca del pequeño.

El profesor David Núñez explica que Víctor siempre fue un niño bueno para conversar, pero tranquilo y un poco introvertido. No como la imagen que la gente se hizo de él. «Él pide a gritos ser un niño normal. Está agotado de las cámaras. Tampoco le gusta que le digan Zafrada, porque siente que es una burla. Los medios lo hicieron famoso por sus palabras mal pronunciadas y eso es un abuso. Por eso lo está viendo un sicólogo, para tratar el tema de la exposición que tuvo», dice Núñez.

Después del recorrido y un show de lobos marinos, los niños disfrutaron de una hamburguesa. «Estuvo muy entretenido. El tiburón estuvo bacán», dijo Joaquín, de nueve años. «Me gustó el pingüino, fue el más bacán, porque era chiquitito, y el tigre, porque tenía los medios dientes», agregó Víctor.

-¿Primera vez que los veías?

-No, ya había venido, y también al de Santiago.

-¿Lo pasaste bien?

-Mmm, sí. Es que me gustan muchos los animales. Eso nomás. Víctor se entretuvo sacando fotos a todos los animales.

Chilly Willy

El pingüino que le alegró el día al pecoso

«¿Quién quiere alimentar a Chilly Willy?», preguntó la animadora. Víctor se paró como resorte y salió corriendo hacia la gran piscina del Buin Marino, donde lo esperaba un pingüino. Él y su compañero Benjamín tuvieron el honor de darle de comer a Chilly Willy, la estrella del show. Pero la cosa no fue tan agradable. «Lo primero que hay que hacer es tomar el pejerrey y manosearlo harto, harto», dijo la adiestradora, ante lo cual los pequeños accedieron frunciendo la nariz. Después Víctor estiró la mano y el pingüino comió, logrando la primera gran sonrisa del pecoso, que rápidamente se limpió las manos. «Estaba hediondo», dijo.

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