Así también sucede con «Pintita», donde una muchacha decide conocer a su padre. En contra de todo pronóstico, no lo hace buscando arreglar las cosas, sino para dañarlo con su indiferencia; una historia donde lo moralizante queda fuera, porque se diluyen culpabilidades y enjuiciamientos facilistas. Algo similar sucede en «Todo lo borra la lluvia», donde la dramaticidad aparece difuminada: ella lo abandona y él se duele, pero sobrevive; bajo esa aparente simpleza destaca la construcción psicológica del personaje, ya que se mueve entre dos flancos, ambiguamente, sin emitir apreciaciones tajantes sobre la pérdida ni proyectar victimización alguna.
Un giro inesperado ocurre al final del volumen; una torsión que no sobra, porque la derrota y la fragilidad de los protagonistas se mantiene: tres relatos que funcionan como segmentos de un cuento mayor, cuyo punto de encuentro es la soledad adolescente, la crisis de la familia tipo, los ritos instalados en un espacio que se aleja de lo urb


