Soñé que volvía a la sala donde rendí la PAA. Era una reiteración de ese gran momento en que todo empezó. Me refiero a la vida adulta, insensato período en que las cosas no son lo que parecen ni parecen lo que son.
Cada sueño que tenemos al dormir es una isla que atrae a seres insólitos. Uno de ellos puede ser el soñante. Protagonistas o espectadores, nuestra edad en esas circunstancias es variable: retrocede, avanza, o es la que teníamos al cerrar los ojos e ingresar al reino de la noche viva. Todo esto es bien conocido de ustedes, no constituye novedad, pero igual da escalofríos.
Antenoche soñé que volvía a la misma sala (aunque era otra) donde hace tres décadas y algo rendí la prueba de aptitud académica. Era una reiteración de ese gran momento en que todo empezó. Me refiero a la vida adulta (casi digo, siguiendo a un Freud de bolsillo, «la vida adúltera», pero mejor sería «adulterada»), insensato período de la existencia en que, pese a los esfuerzos individuales, familiares y comunitarios, las cosas no son lo que parecen ni parecen lo que son. No es broma.
En la isla del sueño desembarcan -piratas que acarrean tesoros y cadáveres- algunos fantasmas del pasado remoto, amigos y enemigos contemporáneos, o bien personajes inventados que nacen de un tiempo paralelo al de la realidad-país (o sea, la televisión chilena con su atroz sonsonete aprendido en las escuelas de periodismo) y al de la realidad-hogar (gritos, caricias, funciones vitales, lágrimas, diálogos de variable efecto y, de pronto, el sueño). Los seres que pueblan ese territorio onírico pueden ser, ya lo sabemos, insólitos pese a su terrible, espeluznante familiaridad.
Por estos días la realidad-país ofrece, entre otras cosas risibles, un filme en tres dimensiones. Miro el afiche con desconfianza. En el sueño de antenoche la sala de aquella prueba de admisión universitaria se expandía de golpe, duplicándose sin que yo lo advirtiera: me había dormido dentro del sueño. En ese plus onírico me vi abrazando a un fantasma bastante tridimensional. Qué haces aquí, iba a decirle, pero opté por callar y creerle. Nada extraordinario, se dirá, pero así como era un sueño en el sueño (falsedad de lo falso), era también algo tan vívido (tres dimensiones) que me dejé llevar, vulnerable a su evocada temperatura. De alguna manera, tacto, voz y penumbra, el encuentro era más verdadero, si cabe, que el espacio «anterior» donde rendía la prueba de supuestas aptitudes. Como tenía conciencia de ello, estaba siendo un testigo habilitado de las características técnicas de mi propia creación inconsciente. Juegos muy crueles del sistema nervioso humano (incluido el nervio óptico), pensé al despertar bajo la ventana color de plomo.
Me dije también, descubriendo América, que el sueño es una mañosa crítica de la vida. Un griego dijo que el sueño es el hermano de la muerte, pero se refería al estado fisiológico del durmiente (nuestro maldito idioma confunde «sleep» con «dream»). Aun así, podemos aventurar que el espacio onírico es el hermano no gemelo de la vida vigilada por la vigilia. Al soñar se sueltan los amores perros, por ejemplo, sea que el escenario aparezca como un espejo (deformante) o una puerta de escape hacia jardines colindantes. Tal vez un amor de ésos haya escondido su hueso bajo el polvo, y en el sueño, ladrando desaforadamente, atinemos a desenterrarlo.


