Brillando por su ausencia

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¿Habrán llorado la muerte de Paul Schaeffer sus amigos? Esperamos que sí, porque a nuestro parecer a los amigos no se los somete a juicio. Y jamás se los niega.

 En el sector C-17 de un cementerio de Puente Alto hay, desde el lunes, una tumba cubierta con una losa que reza más o menos igual que esas páginas web a medio hacer: «Lápida en reparación». A nuestro juicio, olvidaron los sepultureros agregar el clásico «disculpe las molestias», dado que, para hablar con claridad, si de molestias se trata, fueron un cerro las que provocó en vida el recién llegado inquilino de ese anónimo agujero en el pasto. No tenemos costumbre de hablar mal de los difuntos, aunque se trate del mismísimo Paul Schaeffer, y no será esta la ocasión de hacerlo, de modo que los comentarios respecto de su fenecida persona quedarán hasta aquí.

Pero de los vivos, de los que fueron sus amigos, ¿qué podríamos decir? Brillan por su ausencia. No se escuchó ni una sola lamentación de esos antiguos contertulios del jerarca. ¿No dirán nada Hernán Larraín, ni Carlos Bombal, ni Evelyn Matthei, ni Andrés Chadwick, ni Jaime Orpis, ni Juan Antonio Coloma, los mismos que en 1994 formaron, entre otros que no recordamos, un grupo de amigos del hospital y la escuela de Villa Baviera? ¿Y por qué no lo acompañaron hasta su última morada aquellos quince parlamentarios que en 1996 reclamaron enérgicamente a raíz de un operativo desplegado por Investigaciones, el que según los firmantes «pretendía detener a un anciano de cerca de 80 años, que además sufre la pérdida parcial de la visión»? Entre los reclamantes, si la memoria no nos traiciona, figuraban un señor Sergio Fernández, otra vez un señor Hernán Larraín y otro al que nombran Mario Ríos. Pero, claro, seguramente no se enteraron del deceso de Schaeffer y no alcanzaron a llegar a tiempo a despedir al controvertido alemán.

No podemos evitar preguntarnos: ¿habrán llorado la muerte del anciano? ¿En sus corazones habrán sentido apretarse el puño de la ausencia? Esperamos que sí, porque a nuestro parecer a los amigos no se los somete a juicio ni se los carga de condiciones: simplemente se los quiere y se los perdona más allá de todo. Y jamás se los niega. Así por lo menos lo piensa este servidor, que cuenta entre sus amistades con auténticos ejemplares de insectario. ¿Ni un discursito, ni una palabrita poca de nadie?

La gran mayoría de los comuneros de la colonia llegó al acuerdo de que el difunto «no va a ser enterrado en territorios de la Villa Baviera», señaló Martin Matthusen, vocero de la colonia de 16 mil hectáreas libre de pago de impuestos, creada por Paul Schaeffer a principio de los sesenta, y donde fueron vistos por última vez, brutalmente torturados, un importante número de detenidos desaparecidos. Un sepelio de sólo cinco personas entró a las tres de la tarde al camposanto. El único representante político fue Rogelio Benavides, secretario general de los neonazis de Chile, quien dijo quedar con un «sabor amargo». Hay otros, Benavides, a quienes les endulzó a ratos la vida y no estuvieron para despedirlo. Sí, Gustavo Adolfo Bécquer: ¡Qué solos se quedan los muertos!

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