Quizás una de las señales de la propia madurez se da en el momento en que dejamos de culpar retrospectivamente a nuestros padres por las angustias y falencias que nos friegan la vida.
Cada vez quedan menos familias chilenas que conserven, contra todos los consejos, el vicio de la austeridad: gente que da la impresión de haberse quedado pegada en las costumbres de épocas remotas más precarias que la actual y que en insondables aparadores guardan un par de bebidas gaseosas y unos paquetes de galletas para eventuales visitas, que por lo demás aparecen muy de vez en cuando. También para las visitas reservan el uso de la estufa.
El motivo de estos rigores no siempre es la falta de plata. Yo he visto millonarios que mandan a comprar parafina en una botella de Fanta para prender la estufa durante el rato en que reciben a alguien en un salón polvoriento.
La austeridad, entendida en estos términos, sería una tendencia fronteriza con la locura. En 1976 mi papá decía: «El frío templa el espíritu». Ahora me he enterado de que ese año fue uno de los más fríos del siglo y por eso solíamos andar con abrigo dentro de la casa. Alguna noche, entre las sábanas penosamente heladas, la desesperación térmica me llevó a meter las piernas por las mangas de un suéter. El frío estaba inoculado en la médula de los murallones de adobe y se activaba además en los chiflones que venían de la galería vidriada, cuyas puertas no cerraban bien.
Para mí estos datos han dejado de ser significativos y se han convertido en una pura anécdota. Quizás una de las señales de la propia madurez se da en el momento en que dejamos de culpar retrospectivamente a nuestros padres por las angustias y falencias que nos friegan la vida. La Carta al padre , de Kafka, es, en este sentido, un documento adolescente, algo irritante. Tras leerlo uno termina por darle la razón al padre y no a Kafka.
Es probable la existencia de un proceso natural de recusación de los padres, que parte con la pura oposición frontal durante la adolescencia y más tarde se va enriqueciendo con análisis, reflexiones y otras inteligencias. Pero al fin llega el momento en que uno se deshace de todas esas elaboraciones, como si lanzara al camión de la basura una carpeta saturada de expedientes inútiles. Si mi papá no pudo cubrir años a ciertos requerimientos materiales básicos es porque no pudo no más: no es por ello culpable ni alevoso. Un par de días sin café ni té es una circunstancia desoladora, pero nadie se ha muerto por la carencia temporal de estos abarrotes. Si en ocasiones era extremadamente neurótico no habría forma de echárselo en cara, porque todos lo somos. Si no tuvo energía para enfrentar al mundo, bueno, la energía es un bien escaso y se va consumiendo entre fracasos, enfermedades, noches nubladas y amaneceres sin perspectiva.
Cuando uno tiene hijos lo único de lo que está seguro es del amor infinito que ellos le hacen sentir. El resto del libreto diario puede estar tachonado de equivocaciones que en el apuro por vivir no nos resultan evidentes a la primera: descuidos, arbitrariedades, falta de sutileza. Ignoro si soy mejor con mis hijos de lo que mi papá fue conmigo. Quizás la tarde en que me negué a jugar con ellos, o la ocasión en que cerré una puerta o apagué un televisor se conviertan en monstruos fantasmales de su psicología. Si es así, espero que el tiempo aclare alguna vez los hechos y finalmente los diluya, como pasa siempre


