Carachos y apellidos

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El bailecito erótico que Brigitte Bardot se mandó en Y Dios creó a la mujer fue la cúlmine de su prodigiosa transformación: ya tenía el aura, el nimbo, lo que fuera, aquella irradiación inefable que revolvió tanto el gallinero del deseo colectivo.

La belleza física o el simple atractivo corresponden a ese tipo de cualidades que causan envidia en la medida en que no pueden obtenerse por méritos. En esta categoría se puede incluir también a la «prosapia social» o la rimbombancia de los apellidos. Nada saca el resentido al declarar que los primeros representantes de tal o cual familia encumbrada llegó a Chile hace trescientos años «con una mano por delante y otra por detrás». La pobreza remota en este caso pasa a ser un adorno anecdótico. Finalmente, en su fuero íntimo, el resentido preferiría ostentar un par de apellidos evocadores, al menos para sus connacionales.

En su famoso libro sobre Arturo Alessandri, Ricardo Donoso nos informa que el primer Alessandri que llegó al país lo hizo en calidad de titiritero, pero no logra con ello echar una mancha de tinta oscura sobre el lustre que con el tiempo ha ido adquiriendo ese apellido -ese sonido- en las ordenaciones psicológicas y sociales del común de la gente.

Cuando hace unos años uno de los descendientes del León filmó un spot publicitario de un aceite comestible, escuché, en la trastienda de una perdida librería de viejos, a una señora gorda que bufaba de indignación: ¡por Dios, cómo un Alessandri puede prestarse para eso! Para ella, esa familia representaba algo mágicamente distante de la necesidad de echarle algo a la olla. Joaquín Edwards Bello ha contado en varias partes el episodio del profesor anarquista que en el colegio -cuando él aún no tenía idea de que existían clases sociales- le dirigió una mirada de odio y le dijo «¡se cree que porque es Edwards!».

En cuanto a la belleza, el cuento del patito feo se verifica de vez en cuando en la realidad, pero sus mecanismos son igualmente mágicos. Brigitte Bardot se consideraba horrible cuando chica, y así la consideraban también los niños de su entorno. Me parece que el bailecito erótico que se mandó en Y Dios creó a la mujer fue la cúlmine de su prodigiosa transformación: ya tenía el aura, el nimbo, lo que fuera, aquella irradiación inefable que revolvió tanto el gallinero del deseo colectivo.

La plata no genera tanta envidia si proviene del esfuerzo notorio, aunque el talento para generarla no le pertenezca a la mayoría. A veces incluso nos ponemos del lado del pillastre ingenioso y delictual, como en el caso de los forajidos que hace un tiempo intentaron entrar a la bóveda de un banco mediante un túnel excavado desde la casa del frente. No fuimos pocos los que ante la frustración del plan por parte de la policía exclamamos: «¡Pero si les faltaban sólo unos metros!». Yo desprecio radicalmente a los asaltantes, cogoteros y contraproducentes en general, pero cada vez que veo en las noticias que una banda huyó con un cajero automático me quedo un poco melancólico, pensando en el placer infantil de abrir en la impunidad alguno de estos acorazados que escupen billetes. Cada una de estas historias es análoga al viejo cuento de la marmita llena de oro ubicada en la base del improbable arcoríris.

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