Carlos Caco Yrarrázabal dice que el caso Karadima fue un bajón muy fuerte
El cielo está oscuro y ya no queda ningún vestigio del sol de invierno, que siempre se esconde más temprano. Son las 19:50 horas y los feligreses comienzan a repletar las tribunas para presenciar la sagrada misa de las ocho, la cual está a punto de comenzar. Sin embargo, el frío aire que a esta hora envuelve al sector oriente de la capital no deja de estar enrarecido.
Han pasado apenas unas horas desde que monseñor Ricardo Ezzati ratificara, a nombre de la Santa Sede, la definitiva sentencia que declara culpable de abuso de menores a Fernando Karadima y acá, en la comunidad de la Iglesia El Bosque, aún se puede oler el dolor de todo lo vivido en los últimos días, meses y años.
Por eso mismo, los fieles más cercanos a la antigua administración prefieren no hablar mucho al respecto, pues las heridas aún no han terminado de cicatrizar en sus corazones. «Si el Vaticano ha dicho que es así, listo, no hay nada más que decir y a dar vuelta la página», dice uno de aquellos jóvenes más cercanos a Karadima.
Ese es el ambiente que se respira en el pequeño cuarto donde los ministros y sacristanes ayudan al curita a ponerse los atuendos de misa y a llevar el cáliz de la liturgia rumbo al altar. Allí, varias personas se muestran dispuestas a colaborar con el nuevo ciclo, ese que comenzó hace escasos tres días, cuando el padre Juan Esteban Morales -una de las personas más cercanas a Fernando Karadima- fue sustituido de su cargo a manos del mismísimo Ezzati. En su reemplazo llegaría Carlos «Caco» Yrarrázabal, el nuevo párroco al frente de la golpeada comunidad de El Bosque. El mismo que en este momento da inicio a la vespertina misa de las ocho.
Perder 4-1 la final
Concluida la prédica y la comunión, el nuevo padre se reúne en la cita de todos los miércoles a conversar con los jóvenes voluntarios. Varios de ellos formaron parte del núcleo duro de Karadima y esperan crear lazos de confianza con el nuevo sacerdote. En el intertanto, el cura Francisco Javier Errázuriz, el Chanchi, atraviesa por los pasillos en dirección a su cuarto. De manera muy amable, explica que tiene prohibido hablar con la prensa, por expresas órdenes del arzobispado. No obstante, el padre bendice la labor periodística con una medalla de la Virgen.
Tras el fin de la reunión, Yrarrázabal se concede unos minutos para conversar en medio de las turbulentas aguas que vive hoy por hoy la iglesia católica. Con 45 años y un estilo más dicharachero que formal -muy diferente al de su antecesor Morales-, el padre decide hablar a nombre de la comunidad. Asegura que la Iglesia no debe tener secretos y que hay que hablar con la cara descubierta.
Luego de chequear llamadas perdidas y correos electrónicos en su flamante Blackberry, el presbítero intenta articular una versión sobre lo ocurrido en esta comunidad: «Cuando has tenido una vida de fe en una parroquia cuesta mucho darte cuenta que ese mismo sacerdote tenía yayas ocultas que jamás nadie había imaginado. Que el que me había ayudado a acercarme al Señor tenía una vida oculta contraria a todo lo que predica. Es un bajón como el 4-1 con que la Católica perdió la final (del torneo de Apertura frente a Universidad de Chile)», dice el sacerdote que se reconoce hincha de la UC, quien estudió Derecho hasta cuarto año y pololeó antes de consagrarse a la fe.
«Uno viene acá a un lugar seguro, donde se va a encontrar con el Señor y le sale esto (Karadima). Claro que es un bajón muy fuerte. Sin embargo, la esperanza y la camiseta puesta siguen, eso es lo bonito. Aquí nadie ha renegado de la fe», reflexiona.
-¿Hay mea culpa de la Iglesia por no haber sido capaces de darse cuenta a tiempo?
-Si hubiéramos sabido que la Católica iba a perder como perdió, algo habríamos hecho. ¿Y ahora qué? ¿Le vamos a pedir mea culpa al entrenador, a los jugadores, a los que compraron el cotillón por adelantado? Disculpa que te lo diga, pero me parece que la pregunta no ha lugar.


