La visita del Coro y la Orquesta del Teatro San Carlos de Nápoles ha sido uno de los mayores sucesos artísticos del último tiempo. Este gran conjunto, depositario de una rica tradición operística italiana, vino a desplegar, bajo régimen de entradas gratuitas, una intensísima actividad en varias ciudades chilenas: dos presentaciones de «Cosi fan tutte» de Mozart en Talca, más cuatro conciertos líricos en Antofagasta, Valparaíso y dos veces en Santiago, como megaevento en el Parque O'Higgins y bajo un marco más tradicional en el Teatro Municipal de Las Condes, al cual asistimos.
Que con veinte minutos de retraso recién haya entrado al escenario vacío sólo la intérprete del arpa para afinar calmadamente sus cuerdas por otros diez, será una sabrosa anécdota para recordar. Si falló la puntualidad, se explica porque la maquinaria organizativa de la gira huele a gigantesca, desplazando a centenares de personas, entre músicos y equipos de apoyo, italiano y local.
El teatro se hizo chico. No cabía un alfiler y el colmado escenario avanzó hacia la platea, con gran parte de las cuerdas sobre el foso cubierto. Tal vez ésta fue la razón para percibir un sonido orquestal muchas veces excesivo, casi atronador, que dio a la excelente agrupación un destacado protagonismo.
Bajo la dirección del afamado Maurizio Benini el concierto se desarrolló sin intermedio, incluyendo una docena de trozos de Verdi, Puccini y Mascagni. Con la orquesta siempre activa, se alternaron números instrumentales, corales y de arias. En los primeros estuvo el «Intermezzo» de «Manon Lescaut», íntimo e intenso, y las oberturas de «Luisa Miller» y «La fuerza del destino», marcando ésta un punto de máximo ardor y fuerza orquestal que el público ovacionó largamente. En lo coral se escuchó un alegre fragmento de «Cavalleria Rusticana», un sentidísimo «Patria oppressa» de «Macbeth» y dos momentos de «Nabucco», culminados por un impresionante «Va pensiero». Los solistas fueron dos, la soprano Cinzia Forte, que cantó un excelente «O mio babbibo caro» más un correcto «Sempre libera», y el tenor Massimo Giordano, de amistosa empatía, que conquistó a la audiencia con «E lucevan le stelle» y un vibrante «Nessun dorma». Juntos entonaron al final el popular «Brindis» de «La traviata», el cual, ante las delirantes ovaciones del público, tuvo que ser repetido, tras un «O sole mio», querido emblema de la canción napolitana, interpretado sin individualismos por solistas, coro y orquesta en masa.
Fue una jornada apoteósica, de excelencia absoluta, que deja una fuerte marca en nuestra vida musical y artística. Apunta a ser el «Concierto del Año». La concreción de esta sensacional visita debe agradecerse a la Fundación Teatro a Mil, Minera Escondida, Corpbanca y -¡era que no!- a la Ley de Donaciones Culturales. ¡Bravo!.


