Los arqueólogos Claudio Cristino y Edmundo Edwards pertenecen a mítico club
Los arqueólogos Edmundo Edwards y Claudio Cristino son una suerte de Indiana Jones chilenos. No usan látigo ni revólver, ni saltan de avionetas en pleno vuelo, pero se calan el sombrero Fedora cada vez que pueden, y en sus bitácoras registran peligrosas aventuras en selváticas islas de la Polinesia.
Son los únicos compatriotas que pertenecen oficialmente al Club de los Exploradores, conocido también como una agrupación de «superhombres». Fundado en 1904 en Nueva York, ha tenido entre sus filas a grandes expedicionarios como los primeros hombres en llegar al Polo Norte, el Polo Sur, en escalar el Everest y en pisar la Luna.
Actualmente lo integran más de 3.000 científicos de distintas disciplinas que se lanzan a la aventura si así lo requiere la ciencia, y muchos son expertos en tácticas de supervivencia en situaciones extremas.
Pese a ello y a su larga historia de descubrimientos, «en Chile, nadie lo conoce y algunos creen que es como el Club de los cortapalos. Probablemente por ello no hemos obtenido apoyo de instituciones chilenas», aclara Edmundo Edwards.
No cualquiera puede entrar al club, debe ir recomendado por dos integrantes y tener méritos para lograr el honor. Cristino (58 años), forma parte desde 1990, es profesor del departamento de Antropología de la Universidad de Chile, mientras que Edwards está desde 1987. Ambos viven e investigan Rapa Nui desde hace 30 años y registran varias expediciones, la mayoría en islas del Pacífico, donde han cumplido dos importantes requisitos: tomarse una foto con una de las banderas el club y escribir un reporte.
De película
Aventuras tienen. Claudio Cristino recuerda el susto que sufrió cuando iba a explorar la isla Sala y Gómez, a 415 kilómetros al este de Rapa Nui.
«Salimos con muy poca experiencia en navegación y una embarcación inadecuada, nos pescó una tormenta feroz y nos desvió como 800 millas, en medio del Pacífico. Aunque en isla de Pascua nos daban por perdidos, enviaron un avión de itinerario de Lan Chile para buscarnos. Casi no contamos el cuento».
Edwards, revive los intensos momentos que vivió en 2008 en Papua Nueva Guinea, cuando a sus 66 años escaló empinados acantilados para estudiar pinturas rupestres en unas cuevas.
«Eran improntas de manos puestas en unos acantilados rocosos. Era difícil llegar, había que subir con cuerdas y yo soy pésimo para esa cuestión porque me da miedo la altura», reconoce.
La experiencia no terminó allí, las pinturas pertenecían a los Miakambut, indígenas que nunca habían visto a un hombre blanco, y Edwards y su expedición fueron los primeros en hacer contacto. También se las han arreglado con las mortíferas escolopendras, ciempiés carnívoros de 15 centímetros, tan venenosos como una cobra.
«A mí me ha dado dengue cuatro veces y debemos estar inmunizados contra la malaria y la fiebre amarilla en lugares infectados», recuerda Cristino mientras que Edwards celebra que ha tenido mucha suerte.
«En Papua Nueva Guinea trabajábamos es una zona infectada de malaria y lejos de todo. Sólo teníamos un teléfono satelital para llamar un helicóptero en caso de emergencia, pero nos costaba 50 mil dólares, que no teníamos. Estuvimos 3 meses y no usamos ni siquiera un parche curita, tomábamos precauciones».
No sólo deben toparse con dificultades geográficas o climáticas, el financiamiento es todo un tema. «El club auspicia, pero no financia porque no tiene plata», explican.
En Estados Unidos, Explorers club es muy conocido y gracias a su patrocinio, allá consiguen ayuda económica de grandes empresas para sus expediciones, lo que no ocurre en Chile.
El próximo año, los arqueólogos planean embarcarse en una nueva aventura: ir a la isla de Pitcairn, de 10 kilómetros cuadrados y rodeada de acantilados, donde viven sólo 56 personas y es vecina de isla de Pascua. 3 mil kilómetros al este.
Tienen serios indicios que desde allí llegaron los antiguos habitantes de Rapa Nui, «pero como es tan lejana, hay que arrendar un yate que cuesta 6 mil dólares por persona, porque un barco viaja dos veces al año a abastecer a los habitantes y no podemos quedarnos más de dos meses», explica Edwards.
Una esperanza por el momento es que National Geographic Society financie parte de la operación, pero están buscando quién los apoye con otro buen porcentaje.


