El proyecto astronómico más grande del mundo está a 70 kilómetros de San Pedro de Atacama
El cielo es azul como ninguno. Limpio. Nítido. Allá abajo, muy abajo, se ve el salar de Atacama. Mucho más cerca, en cambio, emergen volcanes magnánimos como el Licancabur y el Lascar. La tierra pone su toque de distinción con colores rojizos, amarillos y cafés. Y en medio de todo ese escenario, a 5.100 metros de altura y a 70 kilómetros de San Pedro de Atacama, en la Segunda Región, se ubica este «Sitio de Operaciones del Conjunto» (AOS), como lo llaman dentro de la iniciativa.
Teóricamente, se trata de la segunda construcción humana más alta el mundo (pensando en edificios, no casas), sólo superada por otra en el Tíbet. Sólo que ésta, justo en medio del llano de Chajnantor, un sector desértico, cordillerano y deshabitado de nuestro país, alberga actualmente a cerca de 40 operarios, técnicos y científicos, tiene un súper-computador de procesamiento de datos que está considerado como uno de los más potentes del planeta, y entre sus paredes lo que sobra son monitores, fibra óptica y tecnología de punta.
«También tiene un sistema especial de regulación de temperatura, ya que afuera puede haber desde 30 hasta -20 grados Celsius, la humedad atmosférica es inferior al 10 por ciento -por eso se resecan los labios, la boca, la nariz y, en general, todas las mucosas- y pueden correr vientos de hasta 180 Km/H. Y bueno, obviamente que también posee un sistema especial de oxigenación para todo el personal», cuenta William Garnier, periodista científico encargado de las relaciones públicas del proyecto en Chile.
A través de sus gruesos ventanales, como si fuera el planeta Marte, en el exterior se observan una serie de antenas parabólicas blancas, la mayoría de 12 metros de diámetro y otras de 7. Por ahora hay diez instaladas, pero a fines del 2012, para su inauguración, habrá 66. Y en conjunto constituirán el radiotelescopio más grande, potente y revolucionario del mundo. Su nombre: ALMA (Atacama Large Millimeter/submillimeter Array).
US$ 7 millones por antena
ALMA es un proyecto astronómico internacional, fruto de una asociación entre Europa (ESO), Norteamérica (Estados Unidos y Canadá) y Asia del este (Japón y Taiwán). Todos en cooperación con Chile, país que aporta el espacio físico, es decir el llano en altura de Chajnantor, y las facilidades socio-políticas para desarrollar el trabajo científico.
Lo importante de aquel acuerdo es que los astrónomos nacionales podrán disponer, por convenio, del 10 por ciento del total de tiempo de observación de ALMA para sus investigaciones. Un estímulo caído del cielo, casi literalmente.
El costo aproximado de construcción de esta iniciativa, que desplazó a otras posibilidades geográficas, como Sudáfrica y Hawai, bordea el billón de euros, y fue emplazada en ese rincón del Desierto de Atacama, en una extensión de más de 20 kilómetros, debido a su altura con relación al mar y a sus excelentes condiciones atmosféricas, casi sin humedad y con mínimas precipitaciones.
En cuanto a lo tecnológico, a diferencia de los telescopios ópticos tradicionales, ALMA será un radiotelescopio compuesto por 66 antenas de alta precisión, cada una con un costo cercano a los 7 millones de dólares, las que funcionarán como si fueran una sola y bajo longitudes de onda milimétricas y submilimétricas.
«Están equipadas con diez bandas de frecuencia para cubrir todas las ventanas atmosféricas. Además, tendrán líneas de base reconfigurables, lo que permitirá captar cosas en el espacio hasta ahora desconocidas», explican en la sede del proyecto.
Eso quiere decir que las antenas podrán estar todas juntas, en un radio de 150 metros en Chajnantor, o separadas hasta 16 kilómetros entre sí, siempre sobre plataformas de base hechas de hormigón y repartidas por todo el llano.
«El cambio de posición de las antenas, o sea de la configuración del conjunto, permitirá diferentes modos de observación, comparables a utilizar un zoom en una cámara fotográfica», explica el chileno Cristián Aguilar, jefe del taller mecánico de ALMA.
Torre de Babel
Un poco más abajo de Chajnantor, a «sólo» 2.995 metros, está el Centro de Operaciones del observatorio, llamado OSF por su sigla en inglés. Allí, donde actualmente trabajan cerca de 500 personas, llegarán y se analizarán todos los datos obtenidos por las 66 antenas y se procesará el grueso de la investigación astronómica. De hecho, se espera que más adelante el edificio de los 5 mil metros funcione casi a control remoto, con el mínimo de personal, y que todos los trabajadores se concentren en este lugar que ya está convertido en una verdadera Torre de Babel, en la cual conviven japoneses, ingleses, franceses, chilenos, alemanes y diferentes especialistas de otros 14 países ligados al proyecto.
Y pese a lo inclemente del medio, porque igual son 3 mil metros, nadie sufre incomodidades. Al contrario, todo el mundo trabaja en laboratorios y oficinas climatizadas, y duerme en dormitorios especialmente adaptados para la altura, con agua potable a gusto, electricidad, calefacción, TV satelital, casino, canchas de babyfútbol, de tenis y todas las facilidades tecnológicas para el día a día. Aunque claro, con mucho calor durante la jornada laboral y frío glacial por la noche. Porque con el exterior no hay nada que hacer.
De todos modos, eso no parece ser ningún obstáculo. El italiano Pascal Martínez, ingeniero jefe del armado de las antenas del Observatorio Europeo Austral (ESO), cuenta que «aquí el trabajo es durísimo, pero venir a este lugar del mundo, ver el desierto y cosas como los salares, los volcanes y el Valle de la Luna, son un sueño para cualquier persona. Un privilegio más que un desafío».
Nuestros orígenes
La idea central de ALMA es detectar ondas de radio de sólo milímetros de longitud de onda. Y con ello, gracias a su alta resolución y sensibilidad, abrir una verdadera ventana hacia el infinito.
Para el doctor en ciencias Antonio Hales, chileno y astrónomo operador del Proyecto, «el gran objetivo de esta iniciativa es descubrir y estudiar los orígenes del universo. Tal vez esa frase sea el mejor resumen de nuestras expectativas».
-¿Cómo podemos entender eso?
-Según el actual paradigma de la astrofísica, nuestro universo parte con el «Big-Bang», que es aquella gran explosión que hace que el universo se expanda, luego se vaya enfriando y se formen las primeras galaxias. Y así evoluciona la vida hasta el universo actual, el que conocemos sólo en una pequeña parte. La idea, entonces, es entender más y mejor este proceso, pero hacia nuestros orígenes. Cómo, por ejemplo, las galaxias tienen estrellas que evolucionan hasta formar planetas con contenido metálico y rocoso, como la Tierra, con la suficiente cantidad de agua como la Tierra, y que reunan las condiciones para que se forme la vida.
-A fin de cuentas es casi una cuestión filosófica: «De dónde venimos y hacia dónde vamos».
-Los científicos buscamos datos para elaborar las teorías, explicar las cosas y ojalá poder predecirlas. Pero claro, a la postre de todas formas llegaremos a interrogantes filosóficas sobre nuestra existencia y la posibilidad de que haya vida en otro lugar. Hablamos del «Big-Bang», por ejemplo, pero nadie sabe lo que había antes. En palabras más sencillas, esta teoría tiene ciertos pedazos que aún no conocemos y que no entendemos. Ciertos eslabones perdidos de la cadena evolutiva del universo en el cual vivimos. Y ALMA apunta a aclarar esos misterios.
-¿Cuál es la ventaja de un radiotelescopio como este frente a uno óptico convencional?
-Que nos dará una visión totalmente nueva del universo. Abrirá una ventana, que son las observaciones milimétricas y submilimétricas que antes no teníamos. Para eso se necesitan condiciones muy específicas, como disminuir la cantidad de atmósfera entre nosotros y las estrellas, y la cantidad de vapor de agua entre nuestro telescopio y el infinito. Y eso se logra acá, a 5 mil metros de altura.
-Suena ambicioso.
-Y lo es, porque uno siempre soñará con telescopios más y más grandes para poder ver más lejos. Lo ideal sería un telescopio gigante, de 15 kilómetros de diámetro, pero eso es impracticable, al menos con la ingeniería y tecnología actual. Por eso lo dividimos en varios telescopios entre comillas más pequeños, pero que podremos operar sincronizadamente como si fueran uno solo.
-¿Qué esperan ver?
-Una revolución. O sea, cómo se forman las galaxias, cuáles son los primeros pasos para el nacimiento de estrellas y planetas. Sacarles fotos a nuevos sistemas en formación, no como nuestro Sistema Solar, que ya es viejo y tiene su estrella bien formada, sino a sistemas más jóvenes. ALMA podrá tomar esas fotos con mucha resolución. Y con eso, obviamente, avanzaremos en torno a otras preguntas clave, como la materia y energía oscura, la dinámica de las galaxias, si forman o no hoyos negros en su centro, y el proceso de aceleración del universo.
Al parecer, una verdadera revolución científica. Y, como nunca, Chile en el epicentro.
«Podremos ver cómo se forman las galaxias y cuáles son los primeros pasos para el nacimiento de estrellas y planetas», explica el astrónomo chileno Antonio Hales.
Recuadro :
Burros dormilones y casas a 4 mil metros
Como buena iniciativa extranjera, ALMA ha sido muy cuidadosa con el entorno físico y cultural de Chajnantor. De hecho, contrataron una bióloga y una antropóloga para hacer un estudio de la zona y ayudar a preservarla en todo sentido.
Incluso el mismo camino construido por la firma para transportar las antenas fue desviado varios metros de su trazado original para no destruir una estancia de piedras y cactus de la comunidad Licanantay, del pueblo Celeste (foto inferior). Estas llamadas estancias son unas especies de casas, con varias piezas y corrales para animales, que los antiguos habitantes cordilleranos armaban a mano para vivir y soportar el calor y el frío de los 3.800 metros.
En esa zona también es común ver lagartijas, zorros, vicuñas y otras especies, aunque los más divertidos son los burros, quienes inocentemente a veces se echan a descansar en medio de la carretera, aprovechando que ésta quedó suave y parejita, y por lo mismo más cómoda para una buena siesta. Lo malo es que los orejudos a veces se toman la vida con demasiada calma y pasan en patota, rebuznando felices, pero demorando todo y a todo el mundo.
-Camiones transportadores: tecnología alemana de la NASA
Las antenas del radiotelescopio pesan 110 toneladas cada una y aunque llegan por partes al centro de operaciones de ALMA, deben ser armadas y calibradas allí mismo, en los talleres de los socios europeos, japoneses y norteamericanos del proyecto. Una vez listas, son trasladadas a los 5.100 metros mediante dos camiones ransportadores fabricados especialmente para esta tarea por la empresa alemana Scheuerle, la misma que creó el transporte para los transbordadores espaciales y que ahora está haciendo un móvil para trasladar una plataforma petrolera de 60 mil toneladas.
«Estos camiones, cuyo valor supera los 3,5 millones de dólares, funcionan con dos motores, cada uno de los cuales cuenta con un estanque diésel con capacidad para mil 500 litros. Poseen computadores para casi todas sus funciones, como dirección, motor, regulación de pendientes y estatus general del transportador y de la antena. O sea, si el camino vibra, el camión lo arregla internamente y la antena no sufre ni un solo desperfecto», cuenta el operador Patricio Saavedra, una de las tres personas entrenadas para esta tarea.
«Se maneja como cualquier vehículo, con manubrio y pedales, pero también está lleno de complejos sensores y cámaras por todos los costados. Además, su desplazamiento se hace en base a 14 brazos con dos ruedas cada uno, todas con movimientos y velocidades independientes. La velocidad habitual para montar y desmontar las antenas es de 6 Km/H. Por eso nos demoramos entre 5 y 6 horas en subirlas a Chajnantor. Y ese proceso fino de sacarlas de sus pedestales y ponerlas en las bases se hace mediante un control remoto que permite manejar el camión al centímetro desde abajo», agrega John Gatica, otro de los conductores.
-Tanques de oxígeno y el miedo a la hipoxia
L a gran mayoría del personal de ALMA trabaja a 2.995 metros sobre el nivel del mar. Y actualmente otra parte menor lo hace en los 5.100 metros de Chajnantor. Por ello, los responsables del proyecto toman todos los resguardos médicos necesarios frente a la hipoxia, que es la falta de un adecuado suministro de oxígeno en el organismo, y que puede causar desde cefaleas y náuseas hasta la pérdida total de la conciencia.
«Cada trabajador debe rendir una vez al año un completo test de esfuerzo, con todos los registros cardiacos y vasculares necesarios. Quien no lo pasa no sigue formando parte de nuestro staff. Un paramédico también evalúa si las visitas están en condiciones de subir a los 5 mil metros. Y arriba siempre se va con cilindros manuales de oxígeno e incluso con tanques de emergencia», cuenta Karla Muñoz (en la foto), oficial de seguridad de ALMA.
Agrega que «en el llano de Chajnantor también hay un especialista para atender a quien lo requiera, con instalaciones médicas habilitadas».
Aún así se producen anécdotas. Aquel edificio de control, por ejemplo, cuenta con un volumen de oxígeno normal en todos sus pasillos, los cuales están debidamente sellados, pero hay sectores superiores de máquinas que no lo poseen debido a razones de seguridad y posibles inflamaciones. Allí los operarios bromean contando que más de alguno ha subido con órdenes precisas y una vez arriba se le olvida todo lo que tenía que hacer. Claro, el cerebro funciona menos y más lento.


