Premio nacional de analfabetismo

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Premio nacional de analfabetismo

Según el primer -y último- estudio nacional sobre índices de lectura, el 60% de nuestros compatriotas declaró no haber hojeado ningún libro en el año previo; un 45% admitió no leer nunca. Dados los índices de audiencia de las teleseries nocturnas, difícil resulta suponer que durante este lustro la tendencia se haya revertido.

Nos han insistido hasta la majadería en que no comprendemos lo que leemos. Añado otro dato: tampoco se entiende lo que escribimos. Cuando un internauta chileno se mete a joder a un foro extranjero, los contertulios braman por un traductor. En mi carrera como redactor filibustero, he aprendido a desconfiar de cada e-mail enviado por jefes de área o «product managers»; por más empingorotada que la gente crea ser, la mayoría no es capaz de trasladar a las letras lo que quiere. Sería interesante evaluar cuánta plata, tiempo y buena voluntad se pierde por instrucciones confusas tecleadas a la carrera por analfabetos funcionales.

En Argentina sí se lee: el 70% de sus ciudadanos presume devorar al menos un libraco anual. La cifra no sólo refleja la mayor cultura de nuestros vecinos, sino también a una sociedad que le hace olímpicamente el quite al trabajo. En Chile hemos aceptado un modelo de desarrollo que exprime al empleado y le mata el tiempo libre; mal podríamos exigirle a un tipo que llega reventado a su casa que en vez de prender la tele se distraiga con una novelita.

Para salir de nuestra ignorancia, el gremio de literatos clama por la eliminación del IVA a los libros (aunque olvida proponer la misma exención al cine, el teatro o los conciertos pop). ¿Bajo qué lógica, digo yo, el Fisco debiese premiar a una industria que ha tratado siempre a sus clientes con la punta del pie? Dudo que exista otro país del mundo con editoriales más rascas y librerías más sobrepreciadas, escuálidas y mal atendidas. Aún sin IVA, apostaría a que los textos no bajarían ni quinientos pesos y ese 45% de chilenos seguiría sin leer.

Los mismos iluminados dirigen hoy el boicot contra la eventual entrega del Premio Nacional de Literatura a Isabel Allende. Guardianes del buen gusto, auguran un daño irreparable a nuestras letras: la encuentran demasiado «mina», copiona de García Márquez, favorita de viejas «que no cachan ná» y excesivamente «best seller». Ser autosustentable, bien sabemos, es pecado capital para un grupúsculo que exige becas estatales que les permitan sentarse durante años a escribir veinte poemas inescrutables que disfrutarán sólo sus amigotes.

Una década atrás intenté entusiasmarme con «Eva Luna»; abrumado, ocho páginas después renuncié para siempre. No soporto la prosa de Isabel Allende, pero la respeto: ese mismo año conocí a una señora italiana cuyas únicas referencias sobre Chile eran Pinochet, Zamorano y «la grande Isabella». Aunque a nuestra clasista elite intelectualoide le pese, ser entretenido es mérito y la «calidad» de un artista sí es asunto opinable. Y por último, ¿puede un país que no lee darse el lujo de desdeñar a la única autora que empuja a su gente a hacerlo?

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