Las tres últimas fechas vespertinas de la reciente versión N° 56 de las Semanas Musicales de Frutillar recibieron a grandes e importantes orquestas: Sinfónica Nacional de Chile y Sinfónica Nacional Juvenil, uniéndose a la primera en la jornada final el Coro Sinfónico de la U. de Chile. Cada uno de estos conjuntos tenía más de siete decenas de integrantes.
La Sinfónica adulta, permítase el término diferenciador, es la orquesta más antigua y experimentada del país, brindando sólo éxitos de sus presentaciones, más aún si la conduce Rodolfo Saglimbeni, su aplaudido director titular, como aquí sucedió.
La agrupación ofreció dos programas de altísima calidad, llegando a la cima con «Carmina Burana», junto a ese coro y tres solistas cantantes: Tabita Martínez, Moisés Mendoza y Patricio Sabaté, éste con una carga más pesada que abordó triunfal. La entrega global fue una joya, un verdadero festín de ritmo y energía, que el Teatro del Lago repleto premió con una ovación larga y estruendosa.
Estos sinfónicos estuvieron dos días antes con un programa triple, cuyo plato de fondo fue la Sinfonía N° 4 de Tchaikovsky. Si sus movimientos extremos a toda orquesta, con avasalladores bronces y percusión, fueron tan impactantes como precisos, el pizzicato central fue otra joya, muy refinada. Antes se había interpretado la Sinfonía N° 8 «Inconclusa» de Schubert en una versión perfecta, pero algo suntuosa, acaso demandante de una orquesta más reducida o menos sonora.
Entre ese par de jornadas estuvo la Sinfónica joven, integrada por músicos estudiantes de pasajera estadía de pocos años, sin la experimentada madurez de sus colegas mayores. Percibida su actuación bajo esa plataforma, el conjunto dio un gratísimo sorpresón de excelencia, con un insólito plus, al tenerse distendidas explicaciones introductorias del maestro más conversaciones con algunos músicos de la orquesta. Inédito acierto.
Y más joyas. A un brillante concierto «Emperador» de Beethoven, con el ascendente Danor Quinteros al piano, siguió «El Mar» de Debussy, en un impresionante desborde descriptivo, con sutilezas, sugerentes sones y elocuentes turbulencias.
El comienzo y el final de la jornada recibieron a Johann Strauss II con encantadoras versiones de la obertura «El Murciélago» y el vals «Danubio Azul». Más deleites.
Qué magnífico y masivo cierre, a dos orquestas y coro, para los ocho días del principal festival musical del país.


