Cuando en 1988 cayó el Muro de Berlín, estábamos muy lejos de saber que ese concepto, el de muro, iba a caer también. Claro que no lo hizo en manos de una idea o visión de mundo, sino que de una tecnología que acaba con cualquier límite. Teléfonos que conectan con computadoras que conectan con otras computadoras que convierten cualquier frontera física, un muro, una isla, un desierto, hielo, en irrisoria. Voces que lo atraviesan todo, incluido por cierto los barrotes y muros de las cárceles. Un mundo sin muros tiene muchas ventajas que sería largo de enumerar, pero también muchos riesgos. Uno de estos es justamente darles a los que hemos encerrado por delinquir, nuevas posibilidades para seguir delinquiendo. Sin sus cuerpos, sin sus manos, pero con sus voces y el ingenio infinito de reinventarse como falsos ejecutivos de cuenta, policías, doctores, parientes lejanos o cercanos, vecinos y amigos, son cualquier cosa y todas las cosas con tal de que les entregues tu dinero, tu paciencia, tu esperanza finalmente. He sido víctima de alguna de estas estafas y sé de la impotencia total con que se las sobrevive. «Ojalá que se pudra en la cárcel», maldice uno a ese lejano agresor, para darse cuenta de que ya está en la cárcel. Aunque lejos de pudrirse, está refocilándose con su victoria, orgulloso de su ingenio, protegido por los muros que deberían protegernos a nosotros de ellos, alimentado por el sistema penitenciario, al abrigo de cualquier persecución callejera. Cómodo en lo que debería ser su incomodidad. Un crimen casi perfecto.
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