El Excel de la felicidad

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Los mismos que hoy se burlan de Córdova celebran cuando en Europa un entrenador presume que un mediocampista recuperó 14 balones o que un lateral alcanzó 92% de precisión en sus pases.

Las decisiones de Nicolás Córdova en el segundo tiempo contra Egipto fueron terribles. Terribles porque desarmaron al equipo con la lógica de un tahúr que lanza los dados esperando un milagro. Terribles porque confirmaron una fragilidad que ya no necesita pruebas: la del segundo tiempo, ese terreno en el que los nuestros se hunden bajo un peso invisible mientras los rivales parecen adquirir alas.

Y, como si no bastara, en la víspera Córdova había decidido refugiarse en lo que él mismo llamó «las métricas». Pases en campo contrario, posesión, pressing, porcentajes. Un Excel en la mano cuando el rival acababa de anotar dos goles. Esa defensa lo perseguirá como caricatura, repetida hasta el cansancio en titulares y redes sociales: el técnico que habló de métricas mientras el barco se hundía.

No todo ha sido malo. En los primeros tiempos Chile mostró intensidad, alguna idea. Pero esas migajas quedarán bajo la contundencia del resultado, que dirá, sin matices, que todo estuvo mal. Esa es la condena: la memoria se queda con los goles recibidos, no con los intentos fallidos de hacer las cosas mejor.

El problema es más profundo. Es casi imposible hablarle de métricas a un público que sólo cree en ganar. Lo escribió La Nación el 18 de enero de 1917, en su primera crónica deportiva: «Ese público va a las partidas no para ver jugar football, porque no lo sabe apreciar debidamente, sino para ver ganar al cuadro de sus preferencias. Poco le importa que juegue con arte y menos que desarrolle un juego caballeresco; lo esencial es para ellos que se produzca el ansiado punto y se obtenga la victoria». Más de un siglo después, con streaming y cámaras de alta definición, esa lógica sigue intacta.

Lo de Córdova fue un error de comunicación. Pretender que las métricas ofrecieran consuelo cuando lo que se necesitaba era otra cosa: aceptación de la derrota, autocrítica, reconocimiento de falencias. En Chile se habla de garra, de jerarquía, de correr y ganar. Queremos goles, aunque lleguen de rebote o sean ilegítimos.

La ironía es obvia. Los mismos que hoy se burlan de Córdova celebran cuando en Europa un entrenador presume que un mediocampista recuperó 14 balones o que un lateral alcanzó 92% de precisión en sus pases. Cuando Klopp lo dice es modernidad. Cuando lo intenta un chileno es ridículo. La modernidad importada nos fascina. La doméstica nos incomoda.

Lo que está en riesgo va más allá de un nombre. Si cada derrota se convierte en hoguera, seguiremos condenados a esperar generaciones doradas espontáneas. Ningún proyecto sobrevive si a la primera de cambio lo destruimos. Eso no significa renunciar a la crítica. Pero ensañarse con un grupo de jugadores de 20 años porque su técnico habló de métricas es tan absurdo como exigirle a un debutante que juegue como Alexis Sánchez en sus noches gloriosas del Arsenal.

El público chileno sigue siendo aquel de 1917. Poco le importa el arte. Menos, la nobleza del juego. Lo esencial es que se produzca el gol. La pregunta es si, un siglo después, seremos capaces de movernos de ahí. Porque las estadísticas no lo explican todo, pero son parte del fútbol moderno. No se pueden ignorar.

La discusión importante es otra: cómo formamos a nuestros jóvenes, cómo les damos las herramientas físicas para no hundirse después del minuto sesenta, cómo sostenemos un proceso que no dependa del humor cambiante de los trending topics.

El sarcasmo sirve para aligerar. Pero no debe ocultar lo esencial: sin procesos serios en juveniles, la Roja seguirá siendo una montaña rusa emocional. Esa bipolaridad se repite desde hace más de cien años. Y no habrá métrica que nos salve mientras no entendamos que el fútbol también se construye con paciencia, con ciencia, con memoria.

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