¿Adónde pertenece realmente Cristián Zavala?

Fecha:

Tal vez Colo Colo nunca fue el destino,sino la excusa: el espejo donde se refleja,una y otra vez, la obstinación de ser.

Muchas veces me he preguntado, con una insistencia que raya en lo enfermizo, si uno pertenece realmente al sitio donde fue feliz o, más bien, a aquel donde la obsesión lo retiene, como una marea que vuelve sobre sí misma. En el caso de Cristián Zavala, el asunto parece resuelto desde hace tiempo: todo en su trayectoria indica que jamás pudo escapar del magnetismo de un sueño que, a ratos, rozó lo destructivo.
Zavala llegó tres veces a Colo Colo y en las tres salió entre miradas de desdén o indiferencia. En el primer intento jugó cuatro años en las divisiones menores de Macul y cuando lo apartaron siguió soñando con ese blanco absoluto que se confunde con la pureza y con la pérdida. La idea de regresar, de completar el círculo, lo acompañó incluso cuando dormía en una carpa improvisada en el patio de una tía, en Coquimbo, junto a su compañera Valentina.
 Vendían alfajores en la feria, ropa usada de otros futbolistas, y aun así él encontraba en el entrenamiento una forma de redención. De noche manejaba un auto prestado para hacer de Uber; de día, pedaleaba los kilómetros que lo separaban de la cancha. Su existencia parecía girar alrededor de ese punto fijo: la pelota.
El regreso a Colo Colo tuvo algo de espejismo. En la televisión se lo veía celebrar un gol con los ojos desbordados, como si en esa escena se concentrara toda su infancia, toda su precariedad. Hay, de hecho, una jugada que probablemente logró resumir la vana fantasía de dejar mudo un estadio lleno como el Monumental: cuando controló un balón que venía desde lejos con el taco, pasando un pie por encima del otro a lo Neymar. Pero esa imagen no sirvió. Hay algo en los sueños cumplidos que los vuelve ajenos, algo que disuelve su sustancia. Fue a Curicó, a juntar méritos para volver otra vez a Colo Colo. Y volvió, de hecho: a una nueva oportunidad que empezó bien y terminó mal, para convertirse nuevamente en moneda de cambio.
Este Zavala, sin embargo, ya no es un niño. Tiene 26 años y de tanto intentarlo se ganó admiradores en otras partes. En su desborde, después de todo, siempre hubo barrio y rebeldía, y como ya sabe harto de retornos se fue a Coquimbo, el lugar donde todo comenzó y donde ahora levantó una copa insospechada. No sé si fue felicidad lo que sintió entonces, pero sí una forma de descanso, un intervalo entre tormentas.
Cuando se observan las fotografías de Zavala en distintos partidos -la postura al correr, la mirada absorta, el gesto casi infantil de morderse los labios- uno advierte una especie de persistencia interior, como si toda su vida hubiese sido un intento de reconciliarse con algo que perdió muy temprano. Tal vez Colo Colo nunca fue el destino, sino la excusa: el espejo donde se refleja, una y otra vez, la obstinación de ser.

En la superficie, su historia parece una crónica menor de superación, pero vista de cerca tiene la densidad de esas vidas que se desgastan en la persecución de una sola idea. Zavala pertenece, sospecho, no tanto al lugar donde fue feliz, sino a aquel donde aprendió a soportar el peso de su propio deseo. Si yo fuera él, me quedaría ahí.

Compartir:

Hoy en lun.com

Tendencia

Artículos Relacionados

$2.831.336.713: detalles de polémica auditoría por remodelación en ministerio de la Mujer que partió en 2023

Exministra Antonia Orellana rechaza el peritaje La subsecretaria de la...

Entretelones del tenso cruce entre Gala Caldirola y Coté López

La española habló anoche en Primer plano sobre su...

Pamela Díaz sentenció a Mago Jiménez y Pinilla: «Son un par de fallados»

Así los tachó la animadora en un podcast Tras el...

Ojo si se topa con alguno de estos cascos: los robaron de un museo

Hay piezas de Eddie Irvine, Clay Regazzoni y Eliseo...