Malos de adentro: «La bestia en mí», serie en Netflix

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Pese a sus defectos, la historia mantiene en vilo al espectador

El camino que emplea la serie «La bestia en mí» para plantear su postulado, se vuelve reiterativo y obvio: la oscuridad habita en todos, agazapada, esperando el momento exacto para saltar sobre su víctima. Pese a ello, la producción de Netflix sale a flote gracias a una historia llena de giros efectivos aunque ni de asomo sorprendentes.

La real fortaleza se encuentra en el elenco. Hasta acá la más elogiada es la actriz Claire Danes como una escritora que mantiene en pausa su vida y su trabajo tras un evento desolador. Verla en pantalla resulta perturbador, no en el mejor de los sentidos.
Cada una de sus expresiones, desde los ojos desmesurados al mentón tembloroso, fueron explotadas en «Homeland», un show de excelencia en que ella interpretaba a una espía desequilibrada.
Si alguien viera sin contexto una escena de «La bestia en mí», podría creer que está ante un capítulo inédito de «Homeland». Y no, no hay forma en que aquello signifique un elogio para la actriz.
Su compañero de reparto, Matthew Rhys, redondea un rol sorprendente bajo la piel de un magnate inmobiliario sobre el que caen sospechas de un crimen. Las variaciones de tono de capítulo en capítulo lo convierten a menudo en un personaje sorprendente y peligroso.
No quedan rastros del espía de «The americans» y mucho menos del detective taciturno de «Perry Mason». Para «La bestia en mí» consigue una mirada gélida semioculta bajo sus párpados caídos, como un extraño tiburón que huele la sangre.
Sin estropear las sorpresas, esos mismos ojos azules alcanzan incluso expresiones contradictorias con el resto del rostro en algunas escenas intensas. Se trata de un rol de primera que ha quedado eclipsado por las morisquetas de Danes.
Del resto del elenco, salvo las honrosa excepciones de Jonathan Banks («Breaking bad») y Brittany Snow, el resto pareciera no tener claro de qué va la serie.
Respecto al relato en sí, la serie mantiene un ritmo adecuado para atrapar a un espectador, especialmente si convive con un déficit atencional.

Pero hay algo que no cierra, algo que no deja un buen sabor en la boca al terminar el último capítulo. Quizás sea su deseo manifiesto de amarrar bien toda la historia, aunque sea a la rápida, reforzando una majadera tesis sobre la maldad.

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