A otro adulto lo atendieron inmediatamente y lo dejaron hospitalizado dos días en el pasillo
Héctor López tuvo una caída en su casa y hubo que trasladarlo al servicio del Hospital Barros Luco, pero no había camas.
«La calidad humana y profesional del personal de salud que trabaja en la urgencia no está en discusión. Lo que cuestiono es el tema de los recursos, la infraestructura y de la gestión hospitalaria. No es posible que un adulto mayor tenga que esperar 18 horas para ser atendido porque no hay camas», menciona el cientista político Felipe López, luego de conocer el caso de la madre de la ministra de Salud Ximena Aguilera, quien tuvo que esperar diez horas por una operación en la urgencia del Hospital del Salvador. «Yo también soy usuario del servicio público de salud, soy Fonasa, y también me ha tocado esperar con un adulto mayor», agrega. Esta es su historia:
Héctor López, de 86 años, se desplomó en el living de su casa, en Pedro Aguirre Cerda, una tarde de febrero del año pasado, tras perder la estabilidad mientras caminaba. Las heridas, cuenta Felipe, su hijo y cuidador oficial, fueron poca cosa: apenas unos rasguños que los enfermeros del consultorio supieron curar con facilidad. Lo enviaron, de hecho, de regreso a casa para descansar. Pero una semana después, menciona Felipe, el sueño empezó a reclamar a su padre.
«Estaba demasiado soporoso, dormía por horas y no despertaba. Su conducta cambió desde que tuvo esa caída y, como noté que estaba perdiendo vitalidad, decidí llamar como a las once de la noche al número de emergencia del municipio. Lo bueno de Pedro Aguirre Cerda es que tiene un muy buen servicio de salud. Me enviaron en muy poco tiempo una ambulancia y trasladamos a mi papá al Servicio de Urgencia de Alta Resolutividad (SAR) Amador Neghme», relata Felipe López.
En el SAR Amador Neghme, describe el cientista político, le tomaron los signos vitales a su padre y lo dejaron en una camilla mientras se desocupaba una cama en la urgencia del Hospital Barros Luco, que es la derivación que le corresponde al estar registrado en la comuna de Pedro Aguirre Cerda.
«A las nueve de la mañana llamaron para avisar que se había habilitado una cama. O sea, diez horas después. Partimos en la ambulancia al Barros Luco para que le hicieran los exámenes y vieran si tenía alguna lesión en la cabeza, pero al llegar nos informaron que aún no había cama habilitada, por lo que tuvimos que quedarnos dentro de la ambulancia hasta que nos atendieron. Finalmente eso ocurrió a las cinco de la tarde. En resumen, la espera se extendió por 18 horas, desde que llegamos al SAR Amador Neghme hasta que por fin hubo cama en la urgencia del Barros Luco», menciona.
Escala de urgencia
Cuando Héctor López, de 86 años, se registró a las nueve de la mañana en la urgencia del hospital, menciona su hijo, le asignaron la categoría C3 en el protocolo de categorización de urgencia. Según el Hospital de Urgencia Asistencia Pública (ex Posta Central), la atención en el servicio de urgencia es por gravedad y no por orden de llegada. El documento está disponible en: (https://goo.su/S714G).
C1 es emergencia vital, con atención inmediata (infarto, hemorragias masivas, quemaduras con riesgo vital); C2 es emergencia evidente (descompensación por enfermedades, compromiso de conciencia); C3 es una urgencia de mediano riesgo (fractura, heridas, quemaduras sin riesgo vital, dolor abdominal focalizado); C4 es urgencia leve y el paciente también puede acudir al SAPU (dolor abdominal, reacciones alérgicas no graves, dolor de espalda o cabeza) y C5 es una consulta general y la persona también puede dirigirse al consultorio (gripe común, curaciones).
Aunque la prioridad médica no siempre resuelve la falta de espacio. La trabajadora social Estefanía Molina, de 32 años, vivió el contraste al acompañar a su primo al mismo hospital. A diferencia de Héctor, su familiar ingresó como C1 (riesgo vital) tras convulsionar. «Lograron estabilizarlo, pero lo dejaron hospitalizado en un pasillo, sobre una camilla, porque no había camas. Estuvo dos días en ese lugar hasta que pidió el alta porque estaba muy incómodo e inició un tratamiento en el sector privado», relata.
Espera en la espera
«Finalmente habilitaron una cama para mi padre a las cinco de la tarde, pero tuvimos que esperar hasta las diez de la noche para que le hicieran los exámenes de sangre, de orina y el escáner en el cerebro para descartar lesiones. Fue larga la espera porque hay un problema grave de infraestructura y de gestión. No sé cuántos escáneres habrá, pero claramente no son suficientes para la cantidad de personas que van a la urgencia del Barros Luco. Tampoco hay tantos profesionales disponibles para el tema de los exámenes de sangre. De hecho, por la falta de camas mucha gente se tiene que quedar esperando en las ambulancias, lo que retrasa el servicio en caso de que alguien requiera traslado», relata Felipe López, quien agrega que su padre finalmente fue dado de alta a las dos de la mañana.
La espera en la urgencia, agrega, no es grata. Dentro del edificio, cuenta el cientista político, no hay más de cuatro asientos disponibles para pacientes o sus familiares. La mayoría, dice, tiene que aguardar en sillas de ruedas, en camillas puestas en los pasillos o simplemente en el frontis del establecimiento, específicamente sentado sobre unos cartones improvisados puestos en el piso.


