La reforma laboral: marxista y anacrónica

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Además de antagónica, la reforma laboral es anacrónica.

Teresa Marinovic

A una cierta simetría… ése es el objetivo al que debería apuntar, teóricamente, al menos, cualquier reforma laboral. Es decir, a evitar que la posición predominante del que es dueño del capital no transforme el trabajo de quienes dependen de él en una forma de esclavitud. O bien, a que el poder de los sindicatos no sea tal que perjudique los intereses de la empresa, de modo que ese poder no termine por matar la gallina de los huevos de oro.

El hecho es que la reforma propuesta por el gobierno no tiene ese sentido. Por el contrario, descansa sobre el supuesto de que la relación entre empresarios y trabajadores es dialéctica y de que lo que beneficia a uno va, necesariamente, en desmedro del otro. Eso, en perfecta coherencia con la ideología marxista.

La empresa como fuente de trabajo, como un bien que merece protección jurídica, definitivamente no está en la mira del texto enviado por el Ejecutivo. Tanto así que ni siquiera la confidencialidad de la información, que tiene muchas veces un carácter estratégico, se considera digna de cautela.

Pero además de antagónica, la reforma laboral es anacrónica (aunque ambas cosas sean equivalentes en este contexto). Anacrónica porque desconoce el hecho evidente de que, de aquí en adelante, la creación de riqueza y el progreso de los países dependerá de una cuestión esencialmente individual y no colectiva; a saber, de la capacidad de las personas para producir valor e innovar.

El sindicato, por tanto, que por lo general agrupa a personas cuyo trabajo no se distingue esencialmente del de otras, tenderá a perder relevancia. La mano de obra bruta, el trabajo que se realiza sin necesidad de mayor capacitación, tenderá a desaparecer y, con eso, también la posibilidad de negociar colectivamente o de exigir beneficios sin distingos.

¿Qué producirá, por tanto, la reforma laboral? Algo muy necesario para el país, pero no de la forma que el gobierno imagina. Por una parte, obligará a las empresas a invertir en tecnología para depender lo menos posible de las personas. Y, por otras, hará perentoria la necesidad de los trabajadores de aportar valor.

En lo inmediato, Bachelet (y el gobierno en general) creerán que realizan un sueño, añejo ,quizá, pero sueño al fin. Y como siempre acabarán por darse cuenta de que los efectos de las acciones no son siempre aquellos que se proponen los que las realizan.

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