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Título/Pie de foto: Juan Guillermo Tejeda
Juan Guillermo Tejeda
-Lo mejor de la película es la vieja del matarratas -me opinó la amiga al salir de Relatos salvajes , que la vimos en el cine Hoyts, sin aire acondicionado aunque de muy buen ánimo.
-Uno capta las buenas películas por el aura de la gente que va saliendo -le opiné yo, al observar las miradas encendidas y las bocas sonrientes del público que iba con nosotros. Pero ella se había encontrado con unos amigos, o clientes, no sé, y yo me vi obligado a pasar de los relatos salvajes a unas saludadas salvajes. Después de despedirnos de esos conocidos, o para mí desconocidos, fabricando unos gestos de cordial melancolía amistosa, salimos a la noche veraniega, muy agradable, y nos pusimos a buscar el auto estacionado en una plantabanda o como se llamen esos lugares imprecisos regentados con fiereza por unas mujeres con gorra, mochila y delantal de plástico.
No recuerdo ya bien el orden de la conversación, pero el caso es que a ambos, a mi amiga y a mí, que por lo general en pareceres coincidimos poco, nos parecía todo estupendo y en su justo punto de cocción. ¡Estábamos tan de acuerdo! Quizás nos ayudó la mano de los Almodóvar, que hicieron de productores de la película aderezándola con un vago aire madrileño. O tal vez fue lo de ver un cine latinoamericano que está dejando de ser latinoamericanista y se concentra en contar historias emocionantes. También aportaron lo suyo el talento del director y la credibilidad de las situaciones o los actores, el permanente zigzagueo de lo que ocurre, vaya uno a saber.
Es una película muy emo, en un mundo global que no tolera las emociones. La vieja cocinera le da un aire casi amoroso a su matarratas y a su cuchillo, la novia a borde del ataque de nervios se dedica a hacer pedazos su propia boda, el dueño del Audi constata que la vida es dura aun para la gente de su segmento… Son personas humilladas o en desventaja, en situaciones grisáceamente desagradables que buscan una enmienda, y al no funcionar ni la ley ni los modos educados se cae en lo salvaje, o se asciende hacia lo salvaje, y así las historias cobran vida. La vida es, finalmente, eso, una salvajada.
-Quizás lo mejor de la película fue la provoleta -le dije a mi amiga. Un rato antes de la función, ella, en su casa, había puesto al horno una especie de bola colgante que le llevé, elaborada según me aseguraron en Ancud por un italiano, y la verdad es que aquello derritiéndose sobre un pan artesanal y con un vino blanco estaba realmente bueno. No intercambiamos más opiniones, pero yo revisé un poco en internet, y es que es importante saber qué dicen por ahí, entender de qué se tratan las películas, que casi nunca capto los aspectos esenciales. Pero esta vez me pareció que sí y me dormí como un bendito.


