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Título/Pie de foto: Leonardo Sanhueza
El ataque contra la revista Charlie Hebdo en París ha dado lugar a una serie de especulaciones, interpretaciones y panfletos que, en pocos días, ya recuerdan la montaña de fábulas y moralejas que se tejió durante más de una década en torno a la caída de las Torres Gemelas
Leonardo Sanhueza
Las redes sociales han servido de caldo de cultivo para el crecimiento desbocado de la información basura, especialmente gracias a cierta degeneración de la sospecha. En muy poco tiempo, pongamos diez años, sospechar se ha vuelto una diversión banal, un juego para ociosos que ven en el horror una oportunidad para la fantasía y el regodeo. Desde siempre la sospecha fue el motor de la contrainformación y, por lo tanto, una vía de resistencia contra regímenes totalitarios u otras formas de manipulación de conciencias, pero ese mismo impulso, ahora intoxicado de medios, parece haberse invertido de plano hacia un cretinismo sin vuelta.
El ataque contra la revista Charlie Hebdo en París ha dado lugar a una serie de especulaciones, interpretaciones y panfletos que, en pocos días, ya recuerdan la montaña de fábulas y moralejas que se tejió durante más de una década en torno a la caída de las Torres Gemelas. Saltando en todo el abanico que va desde las más infantiles elucubraciones conspiranoicas y el más ridículo alegato contra la cultura francesa, el cotarro virtual se ha engolosinado produciendo y reproduciendo informaciones huecas cuyo único fin pareciera ser el de estimular la ya hiperestimulada orgía mental con que matan el tiempo en sus computadores, sin avergonzarse ni por un momento de que tales productos culturales -porque eso son, a fin de cuentas- sean la única glosa de la que han sido capaces ante asesinatos cobardes, irracionales y repugnantes.
Algo de razón tenían los agoreros que veían en la masificación de Internet un enfriamiento de las relaciones entre las personas y la realidad. A cada rato sabemos que alguien ha sido asesinado y por un instante quedamos a un clic de las condolencias más o menos sentidas, más o menos indiferentes, y a otra cosa, mariposa. La muerte, que ya había sido higienizada mediante cementerios como campos de golf, donde los cuerpos entran rodando en su hoyo 18 y desaparecen para siempre jamás, ahora ha alcanzado su asepsia total entre una y otra ventana de Internet. Podemos entrar y salir de ella como quien hace zapping, y entre tanto barullo a veces olvidamos que los muertos son reales, que las balas que los mataron son duras y que aquello que se esfuma en un abrir y cerrar de ojos es ni más ni menos que una vida.
Todo eso no tendría por qué significar gran cosa: a lo más, que navegar en esas regiones transparentes puede ser un buen fármaco. El problema es la alienación, el desentendimiento total de la realidad. Una masacre es una masacre, pero cuando ya no se sabe ni de qué color es la sangre el horror se vuelve un mero hecho informativo, un montón de palabras e imágenes que van volando de pantalla en pantalla hasta entrar en una dimensión donde todo, hasta la muerte, parece un necio y vulgarísimo videojuego.


