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Título/Pie de foto: Rafael Gumucio.
Rafael Gumucio
La película «Tiburón», de Steven Spielberg, fue filmada de Martha Vineyard, en el noreste de Estados Unidos. La elección no fue azarosa. La película cuenta la historia de una comunidad de veraneantes acomodados que se enfrentan al más primario de los miedos: el miedo a ser devorado por un animal que no razona y con el que no se puede negociar. Su trama y su posterior éxito le permitió a la película entrar para siempre en el inconsciente colectivo.
No es raro que ese inconsciente colectivo deje escapar sus temores más irracionales cada cierto tiempo. Lo raro es que encuentre cada vez menos frenos entre autoridades y especialistas que se dejan ir al primer rumor, foto en Twitter o Facebook que luego, demasiado luego, se convierte en incontrolable.
Casos como el tiburón de Cachagua (que fue capturado muerto) nos hacen ver hasta qué punto el flujo cada vez más libre y desenfadado de la información no equivale al viaje más libre y desenfadado de la verdad. La capacidad de ver lo que no hay, de espantarse por lo que sólo es una conjetura, de reaccionar ante amenazas fantasma aumenta, mientras las pruebas, los hechos, las verdaderas noticias, siguen caminando a pie, lenta y parsimoniosamente.
Viviendo en el mismo espacio virtual, los chismes y los datos, la realidad y la opinión circulan sinuosamente juntas como tiburones buscando entre las olas el primer rastro de sangre para, a toda velocidad, correr por la presa indefensa que tiene el atrevimiento de acercarse demasiado.


