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Título/Pie de foto: Juan Guillermo Tejeda
La historia de la película Ida es tensa, los personajes resultan conmovedores y dan sorpresas, y eso que ninguno hace mucho esfuerzo por crear buena impresión; todo es en tono menor, que a veces es el más hermoso y llevadero de los tonos.
Juan Guillermo Tejeda
En sus películas, los norteamericanos han valorado siempre mucho que sean exciting, excitantes, así como para los libros que uno los lea jadeante devorando páginas hasta el final sin poder soltarlos. Pero este varón maduro, para el cual excitarse es más un problema que una solución, valora poco tanto remezón, y busca en cambio la caricia visual del cine de autor o el suave vuelo de una escritura con humanidad. No es por ser red set ni nada; es que el Dolby (que en su tiempo me entusiasmaba porque entraba estruendoso el sonido por la izquierda y vibraba suavecito al salir por el otro lado de la oreja y de la sala) ya no es suficiente. Aparte de que la vida norteamericana en general no quisiera vivirla, soy muy resentido, y, claro, así he ido cayendo en el cineclub de las películas francesas o checas o polacas o rusas o chinas o suecas muy lentas, con fotografía que gana después un Oso en Berlín o una Palma en Cannes, y uno todo el rato está a punto de quedarse dormido, además de mantenerle el ánimo a la acompañante.
Así fue como me encontré hace unos días con Ida, una película estrictamente europea, polaca, en blanco y negro riguroso y formato tirando a cuadrado como eran antes las películas, con fotografía exquisita, y una historia deprimente de los comunistas de los años sesenta donde aparecen monjas y secretos de familia. Poca acción, fiestas escasamente movidas, ningún chiste, algo de ternura, miradas significativas, una cosa de mucha contención eslava.
Faltan o sobran los adjetivos para ponerle a este filme, pero quizás lo más relevante es que, pese a ser tan pero tan artístico, no nos adormecimos en ningún momento. La historia es tensa, los personajes resultan conmovedores y dan sorpresas, y eso que ninguno hace mucho esfuerzo por crear buena impresión; todo es en tono menor, que a veces es el más hermoso y llevadero de los tonos. Comparo eso con los norteamericanos y su abundancia de camionetas, centros comerciales, peluches, policías corruptos, conspiraciones, psicópatas, tiroteos, gorras de béisbol, monstruos galácticos y carreras de autos, y me quedo, al menos ahora, con la novicia tierna y la tía ruda deambulando por una Polonia maltratada.
Pawel Pawlikowski, el director, se fue a vivir con sus padres a Inglaterra a los catorce años, y allí hizo su carrera de documentalista. Después realizó películas con argumento y actores, aunque éste es, al parecer, su primer éxito mayor. Una de sus abuelas fue judía y murió en Auschwitz, en tanto que por el lado materno pertenece a una familia católica polaca. Ida ha generado protestas en Polonia, y hay ya cuarenta mil firmas reclamando por la manera de interpretar la historia del país, lo que es absurdo tratándose de una microscópica crónica de unos pocos personajes perdidos en la noche de la vida.
Y ahora me voy a ver Francotirador, que es, me han asegurado, exciting. Necesito eso.


