Hasta la vista, Primeras Damas

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Título/Pie de foto: Cristóbal Bellolio


Algunos presidentes son solteros, viudos, separados o divorciados.

Cristóbal Bellolio

¿Tiene sentido conservar el cargo de la Primera Dama en el andamiaje político chileno? Existen varios argumentos para abolir la institución, al menos, en su dimensión no-protocolar.

En primer lugar, se trata de una figura establecida en tiempos en los cuales se daba por descontado que el presidente sería hombre. La política era un reino absoluto de varones. Desde entonces, a sus mujeres se les da una serie de tareas «blandas» -fundaciones y proyectos sociales- que encajarían mejor con sus habilidades naturales. No es difícil advertir el machismo implícito en esta distribución del trabajo. Hoy, en cambio, no hay géneros privilegiados si se trata de calificar la capacidad en el arte de gobernar.

En segundo lugar, la misma idea de la Primera Dama -o Primer Damo- es esencialmente nepotista. Aunque la (el) cónyuge haga campaña codo a codo con el (la) candidato (a), es el (la) candidato (a) quien obtiene el cargo. La (el) cónyuge recibe siempre un cargo adicional por el mero hecho de compartir una libreta de familia. Es decir, es una posición que no necesariamente se consigue apelando al mérito sino a una pura relación de parentesco.

En tercer lugar, los modelos familiares han cambiado bastante. Algunos presidentes son solteros, viudos, separados o divorciados. Otros optarán por uniones civiles hétero u homosexuales. Otros podrían cambiar de estado civil durante el transcurso de su mandato. Todas estas circunstancias hacen relativamente insostenible seguir insistiendo en utilizar a la «primera familia» como proyección del ideal de la familia tradicional.

Es perfectamente posible que, en el futuro, la pareja del presidente quiera seguir desempeñando sus labores profesionales sin necesidad de anexarse a las del marido o mujer. Algunos lo interpretarán como indiferencia al servicio público. A mí me parece que nadie está obligado en política. Por el contrario, puede ser incluso un gesto de desprendimiento a los privilegios del poder.

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