El oficio de chofer de micro debe ser de los más ingratos. Arriesgan su vida e integridad para poder llegar a tiempo al paradero. Y pocos lo reconocen.
No perdemos tiempo en saludarlos. No sabemos qué nombre ni qué aspecto tienen, aunque nuestra vida, por largos tramos, dependan de su sangre fría, de su habilidad, de su resistencia. Porque los bocinazos, los que estacionan en segunda fila, la vereda destrozada, los choques, el humo, la lluvia, los carabineros, los delincuentes, los estudiantes que no pagan; todo eso y muchas más cosas que atiborran las calles de la ciudad, requieren harto más que saber manejar.
Todo eso y una inmensidad de imprevistos frente a los que hay que pasar de largo, constituyen la vida del chofer. Alameda, las Rejas, San Pablo, Independencia, la suspensión que no suspende nada, el motor que se recalienta, unos encapuchados que quieren quemar tu herramienta de trabajo. Todo eso exige una paciencia que pocos, muy pocos, se pueden jactar de tener. Ellos se obligan, porque están obligados, a seguir de paradero en paradero, sin acelerar, frenando a tiempo. Pese a todo.
Parada solicitada, el pitido de las puertas, los insultos del funcionario, o del cantante, el rapero y la enfermera. Toda una ciudad en una sola plataforma que hay que llevar rodando por el asfalto desigual de la avenida, hacia donde la ciudad termina y empieza y luego vuelve a terminar para volver a empezar.
Eso, todo eso, y un hombre solo manejando la maquina que pide más y más sangre, horas de sueño, y una paciencia que a veces no alcanza, que a veces no puede más. Y el resto, como si nada.


