Angélica Castro: «Una mascota siempre es una responsabilidad, es como un hijo»

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La animadora cuenta cómo consiente a Buda, su pug de 15 años, que padece de artrosis

Etólogo aclara cómo cambian las necesidades de un perro según la edad: en algunas razas la vejez comienza temprano.

Primero fueron detalles chicos. A Buda, el pug de Angélica Castro, le costaba levantarse de la cama, cojeaba, caminaba más lento y ya no quería subir ni bajar escaleras. Lo peor venía cuando pasaba mucho rato acostado en una misma posición: pararse le tomaba un mundo.

¿Por qué un perro comienza a dejar de moverse? «Normalmente es porque les duelen las articulaciones, pero ellos no te lo pueden decir», señala la animadora.

Buda tiene 15 años -en contabilidad canina es una edad de patriarca- y llegó de regalo: es hijo de una perrita de la sobrina de Castro. En esa época la familia ya tenía otro pug, que murió de viejo cerca de los 15 años y muy deteriorado, al punto de que hubo que sacrificarlo. «Fue muy, muy triste», recuerda Castro. Al cachorro que llegó después lo bautizaron por su calma. «Se llama Buda porque realmente su energía es así», describe.

La rutina del regalón de la casa hoy es la de un deportista senior: control veterinario una vez al año para revisar vacunas y chequear que todo esté bien para su edad, dos comidas diarias, agua durante todo el día y dos caminatas. El paseo es lo único que Castro no negocia, porque los pugs duermen con ganas y con los años duermen todavía más. «Por lo mismo me preocupo de que salga a caminar todos los días un buen rato, sin excepción», relata.

Hace varios meses Castro sumó un refuerzo: en la comida de la mañana le agrega medio scoop de colágeno hidrolizado de alta pureza WeLovePet, de su propia marca Niu Petiam. Este suplemento ya se instaló en el menú diario de Buda. «Los resultados han sido de alto impacto. Ahora camina más rápido, se levanta de la cama sin cojear y le encanta el sabor», asegura. Los cambios que ha notado van más allá del andar, afirma: «Tiene más energía. Si le tiro un juguete corre a buscarlo, está más activo y su pelaje está mucho más firme y lindo».

Invertir en prevención

La casa también se adaptó a la vejez del perro. «Le tengo un piso especial para que se suba a mi cama. Lo llevo en brazos para bajar y subir escaleras, para no sobreexigir sus caderas», cuenta. A Buda la vista ya le falla, pero eso no ha enfriado la relación entre ambos. «Pese a que Buda no ve bien, siempre me busca, se alegra cuando llego a casa, duerme conmigo», valora.

Con los años el perro se volvió muy dependiente y necesita compañía constante de Angélica o de Laura, su hija. Ella le resguarda un rincón tranquilo con su cama, lejos del ajetreo de la casa.

Para dueños de perros mayores, Castro tiene un manual corto: invertir en prevención antes de que aparezcan los achaques, fijarse en que nunca falte el agua y estar atentos al clima. Si al perro se le han caído dientes, la comida no puede ser tan dura. Y protegerlos al máximo de las caídas, que a esta edad se pagan caras. «Hay que estar más preocupada de que no pase nada de frío, o que para el calor en verano esté muy hidratado o en lugares sin sol», recalca.

¿Qué es lo más exigente de cuidar a un perro de 15 años?

«Para mí una mascota siempre es una responsabilidad, es como un hijo. Me hubiera encantado haberle dado colágeno hidrolizado de antes y fortalecerlo más en sus articulaciones y movimiento.  Pero al menos hoy ya estoy muy metida en este tema y agradezco poder aportar un granito de arena para su prevención y bienestar.  Ya son varias personas que lo usan con sus mascotas y nos llegan testimonios muy valiosos y reconfortantes».

Mucho por hacer

Un chihuahua de 11 años y un San Bernardo de 6 años pueden estar atravesando una etapa biológica muy parecida. El ejemplo lo da Enzo Roubaud, médico veterinario, etólogo clínico y autor de «¡Mi perro necesita terapia!» (Planeta) para derribar la vieja regla de que un año de perro equivale a siete humanos. «Eso no tiene mucho sustento científico. El envejecimiento depende de múltiples factores, especialmente del tamaño, la genética y el estado de salud», subraya.

Los perros de razas grandes, aclara, tardan más en dejar de ser cachorros, pero después envejecen más rápido: recién al año y medio o dos años pasan a la adultez, mientras que a los seis ya podrían estar entrando en la etapa geriátrica.

«Más que fijarnos en una edad específica, evaluamos al paciente en general», subraya Roubaud. La pérdida de masa muscular, una menor capacidad física, las alteraciones sensoriales, las enfermedades crónicas y los cambios cognitivos ayudan a determinar en qué etapa se encuentra el animal.

Envejecer de manera sana también trae cambios: el perro necesita descansar más, se cansa antes y tolera menos el ejercicio intenso. Las alertas aparecen cuando su conducta habitual cambia de forma brusca o persistente; en ese caso, el veterinario debe descartar dolor, enfermedades o pérdida de capacidades sensoriales. Los desvelos del animal, además, terminan afectando a toda la casa. «Las personas empiezan a decir ya no duermo igual porque el perro se levanta durante la noche».

Roubaud advierte que la edad no puede convertirse en una excusa para dejar de tratar a una mascota. Un analgésico puede aliviar el dolor de una cadera desgastada, aunque esa articulación no vuelva a ser la de un perro de dos años. «No hay que descansar en la idea de que porque está viejo, ya no hay nada que hacer. Sí hay cosas que podemos hacer: la estimulación mental es importantísima y el ejercicio físico también», cierra.

Disfunción cognitiva

Uno de los cuadros que suele afectar a los perros de edad avanzada es el síndrome de disfunción cognitiva. Aunque comparte características con el Alzheimer humano, no se trata del mismo mal. El etólogo Enzo Roubaud, experto en comportamiento animal,  cuenta que durante años los síntomas de esta enfermedad fueron despachados como simples mañas de la edad. «El perro era viejo y ahí quedó. Nadie ahondaba en eso. Hoy tiene un nombre y se le pone mucha más atención», sostiene.

Una de las primeras señales del síndrome es que el perro se desoriente dentro de su propia casa o se mueva de manera errática por lugares que conoce; otra aparece cuando se invierten sus horarios. «Empiezan a dormir más durante el día y a mantenerse mucho más despiertos en la noche. Se levantan, ladran, lloran, van a tomar agua y vuelven. La noche a veces se hace un poquito día», describe. También pueden olvidar hábitos aprendidos, reaccionar distinto a los estímulos o alejarse de la familia. «Los tutores dicen antes pasaba más tiempo conmigo y ahora no me pesca tanto», ilustra.

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