Gran parte del debate público chileno de los últimos años tiene que ver con la sensación creciente de que los ciudadanos tienen derechos que no tenían antes. Esto coincide con la idea tan arraigada, y muchas veces equivocada, de que el cliente siempre tiene la razón. La distinción entre cliente y ciudadano no es clara, como no es clara la del servicio público y el negocio privado.
En la frontera estamos todos nosotros, preguntándonos si un derecho público, como el transporte, merece modales públicos, o si un negocio privado puede satisfacerse con modales privados.
El debate es apasionante y no está cerrado. Nada, sin embargo, justifica o explica la impaciencia con que este tipo de controversias menores, cotidianas, escalan y terminan a los escupitajos, los golpes y las pateaduras. Una imagen que parece sacada de «Relatos salvajes», esa película que ya el 2014 mostró cómo una discusión intrascendente puede terminar de la peor manera. Esa vez fue con humor. Acá todo lo contrario.
En otras latitudes, estas discusiones las zanjan los códigos, las leyes, los reglamentos, las costumbres, los ritos o los rituales. Todo eso acá parece ser reemplazado, con una naturalidad pasmosa, por un qué te creís tal por cual y una larga enumeración de parientes y expresiones ofensivas y humillantes, que impiden a cualquiera de las dos partes la posibilidad de admitir que quizás está equivocado, que quizás no sabe, que no se sabe, pero que mientras tanto nos vamos a comportar como seres humanos y no pateando la sombra del contrario por el puro desahogo de sacarse la rabia de encima un rato.


