Cómo enfrentar en el huerto los problemas que provocaron las lluvias

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Suelos saturados asfixian raíces y complican la brotación

En terrenos arcillosos o compactados, el agua puede permanecer por días en la zona radicular. Especialistas recomiendan revisar drenaje y raíces antes de entrar con maquinaria y reforzar la protección sanitaria a medida que comienza la brotación.

El problema no siempre termina cuando despeja. Después de varios días de lluvia, un huerto puede verse normal en la superficie mientras bajo tierra las raíces siguen rodeadas por un suelo saturado, con poco oxígeno y menor capacidad para funcionar.

Karen Sagredo, investigadora de la Universidad de Chile, explica que el impacto depende tanto de la intensidad y frecuencia de las precipitaciones como de las características del terreno. Los suelos arcillosos, poco profundos o con capas compactadas que dificultan el drenaje evacuan el agua más lentamente y pueden mantener las raíces anegadas durante varios días.

En los frutales caducifolios, aquellos que pierden sus hojas durante el invierno, como cerezos, ciruelos, durazneros, manzanos o nogales, el daño puede pasar inicialmente inadvertido porque están en receso. La señal aparece más adelante: cuando comienza la brotación, la copa vuelve a activarse y a demandar recursos desde un sistema radicular que todavía puede estar resentido.

Sagredo recuerda que algo similar ocurrió después de las inundaciones de 2023. «Las brotaciones en general fueron bien desuniformes y tardías», señala.

Ojo con el suelo

Ese desfase obliga a cambiar la primera pregunta después de una lluvia intensa. Antes de pensar en aplicaciones, Michelle Morales, asesora en frutales y encargada de I+D de Viveros Lihuen, recomienda saber qué está ocurriendo en la zona de raíces.

Una calicata es una de las herramientas más simples: permite observar hasta dónde llegó el agua, revisar las raíces y comprobar si el perfil continúa saturado. En huertos más tecnificados, los sensores de humedad pueden complementar ese diagnóstico.

Si todavía existen sectores encharcados, la prioridad es facilitar la salida del exceso mediante drenes o zanjas definidos según la pendiente y los puntos donde se acumula. Pero acelerar las labores puede terminar jugando en contra.

«Después de una lluvia, a veces entran de inmediato con maquinaria a aplicar cobre. En este caso puede ser un error grave, porque compactas el suelo y agravas el problema», advierte Morales.

La sensibilidad tampoco es igual para todas las especies. Los frutales de hoja persistente, como paltos y cítricos, continúan funcionando durante el invierno y pueden resentir antes un suelo anegado. Entre los carozos también existen diferencias: durazneros y nectarines son más sensibles a la asfixia radicular que los ciruelos, mientras los cerezos presentan una sensibilidad intermedia.

Esa distinción se vuelve más relevante ahora, cuando almendros, ciruelos, durazneros y nectarines ya comienzan a florecer o brotar en distintas zonas. A medida que la planta retoma su actividad, un sistema radicular afectado debe volver a abastecer tejidos que están creciendo.

De la raíz a la brotación

Una vez que el suelo comienza a recuperar aireación, el manejo puede orientarse a reactivar las raíces. Morales menciona alternativas como ácidos húmicos y fúlvicos y bioestimulantes a base de algas para favorecer el desarrollo radicular y ayudar a la planta a enfrentar el estrés. No siempre, sin embargo, estos productos pueden aplicarse inmediatamente: muchos ingresan a través del sistema de riego y hay campos que aún no están en condiciones de volver a regar.

Mientras el problema bajo tierra empieza a resolverse, arriba aparece otro riesgo. La humedad coincide con el término de las podas en numerosos huertos y cada corte deja tejido expuesto al ingreso de hongos de la madera y bacterias como Pseudomonas. Con la brotación se suman nuevas heridas: cuando se desprenden las escamas que protegen las yemas quedan pequeños puntos de entrada que también deben ser considerados en la estrategia sanitaria.

Por eso, Sagredo recomienda aprovechar las ventanas de buenas condiciones climáticas para proteger los tejidos mediante productos preventivos y, cuando corresponda, herramientas con acción curativa o biológica. Estas últimas, advierte, deben formar parte de un programa coherente.

«No tiene sentido aplicar un microorganismo para competir con los patógenos y después aplicar un fungicida o bactericida de amplio espectro, porque los mata», explica.

No cualquier ventana sirve

Después de una seguidilla de lluvias, unas horas de tiempo seco pueden parecer una oportunidad para recuperar aplicaciones atrasadas, pero no necesariamente lo son. Además de comprobar que el suelo permita entrar sin compactarlo, hay que considerar cuánto tiempo necesita cada producto para adherirse o ingresar al tejido y cuánto falta para la siguiente precipitación.

En cerezos, por ejemplo, las lluvias dificultaron en algunos huertos la aplicación de rompedores de dormancia. Sagredo explica que estos tratamientos requieren condiciones térmicas adecuadas y que, en general, necesitan temperaturas sobre 12 a 15 °C para alcanzar una buena efectividad. Aplicarlos aprovechando una pausa breve, pero con bajas temperaturas y nuevas lluvias cerca, puede terminar siendo menos efectivo que esperar.

La lógica se repite en el resto de los manejos: después de un período tan lluvioso, actuar rápido no necesariamente significa actuar bien. Antes de entrar al huerto hay que saber cuánto tiempo permaneció saturada la zona de raíces, qué capacidad tiene ese suelo para drenar y en qué estado se encuentra el frutal.

Porque el efecto de estas lluvias no se juega solamente durante la tormenta. En los frutales que comienzan a despertar del invierno, parte de sus consecuencias recién puede hacerse visible con la brotación.

Heladas y menos polinización

El problema puede cambiar apenas termina la lluvia. Karen Sagredo advierte que después de estos eventos suelen venir cielos despejados y aumenta el riesgo de heladas justo cuando varias especies comienzan a brotar y florecer. El daño no siempre se ve de inmediato: puede afectar internamente los órganos florales y recién hacerse evidente más adelante. Michelle Morales recalca que las medidas contra heladas deben ser preventivas, porque una vez ocurrido el evento hay poco margen de corrección. A eso se suma otro efecto del mal tiempo. Con frío, nubosidad y lluvia disminuye la actividad de las abejas, lo que puede comprometer la polinización. Sagredo plantea evaluar estrategias complementarias con abejorros, que pueden mantenerse activos en condiciones climáticas más adversas.

10 REGIONES fueron afectadas por temporales.

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