Los locales pegaron donde correspondía: en los espacios, en las pelotas detenidas, en las equivocaciones defensivas.
Nicolás Córdova tiene varios problemas que resolver en la Selección. El más urgente quizás sea uno que debería resultar sencillo con un plantel tan joven: conseguir que sus jugadores terminen los partidos pensando en fútbol y no en ajustar cuentas. Chile perdió 4-2 ante Estados Unidos este martes en St. Louis y volvió a cerrar un amistoso entre empujones, reclamos y amenazas de pugilato. Ya ocurrió en tres de los últimos cuatro partidos posteriores a las eliminatorias. Para una selección que intenta reconstruirse, semejante costumbre empieza a parecer una enfermedad.
Ante Portugal, en junio, Iván Román se metió en una discusión que había comenzado entre Felipe Faúndez y João Cancelo. Llegó Rafael Leão, vinieron los empujones, los manotazos y terminó con el chileno y el portugués expulsados antes del descanso. Román ya arrastraba otros episodios de tarjetas rojas en selecciones juveniles con el mismo Córdova en la banca. Aquella escena pudo entenderse como calentura. Tres meses después cuesta seguir usando la misma explicación.
Contra Canadá fue peor. Lucas Cepeda levantó demasiado la pierna en una disputa con Richie Laryea y terminó impactándolo en la cara: roja directa a los 35 minutos. Gabriel Suazo, capitán del equipo, ya estaba amonestado por reclamar y a los 50 fue tarde a una pelota aérea, golpeó con el brazo a Niko Sigur y recibió la segunda amarilla. Chile jugó buena parte del encuentro con nueve. Perdió 1-0 y transformó un amistoso pensado para aprender en una larga sesión de supervivencia.
Ahora le tocó a Leandro Hernández. El partido ante Estados Unidos estaba terminando cuando fue a molestar al arquero Brian Schwake y le lanzó una patadita sin pelota. Amarilla, por supuesto. También una acción completamente evitable. Los estadounidenses reaccionaron y en segundos volvió esa imagen que comienza a repetirse demasiado: camisetas de Chile corriendo hacia una pelea.
Ahí está, por ahora, la principal deuda de Córdova. Este grupo tiene uno de los promedios de edad más bajos de la Roja en décadas. Son futbolistas en formación, todavía moldeables, que deberían aprender dónde gastar la energía. La intensidad sirve para presionar. La agresividad bien dirigida permite anticipar una pelota dividida. El carácter ayuda a sostener un partido cuando las piernas flaquean. Las patadas posteriores a la jugada solamente consiguen que el equipo juegue con uno menos.
No tiene por qué ser literal aquello de sangre, sudor y lágrimas.
Lo frustrante es que Chile mostró avances ante Estados Unidos. Compitió, llegó al gol dos veces y por momentos consiguió incomodar a un rival que tampoco ofreció una exhibición. Diego Ulloa y Maximiliano Gutiérrez marcaron para poner a la Roja 2-1 arriba durante el segundo tiempo. Después Estados Unidos corrigió, aprovechó las debilidades chilenas y terminó ganando 4-2.
Lo poco que se avanza jugando se retrocede en el pugilato.
La Selección Chilena de Boxeo perdió por goleada contra el Escudo de las Américas. Los locales pegaron donde correspondía: en los espacios, en las pelotas detenidas, en las equivocaciones defensivas. Chile volvió a buscar la pelea después del silbato.
Córdova está intentando levantar una Selección desde las ruinas mientras esperamos por Manuel Pellegrini. Necesita jugadores jóvenes que aprendan rápido. También necesita enseñarles algo elemental: la rebeldía puede ser una virtud futbolística siempre que termine en la pelota. Cuando termina en una gresca, sirve únicamente para que el rival pegue dos veces.


