¿A qué precio amaneció hoy la libra de cobre? ¿Alguien lo sabe? ¿Y la libra de carne humana? ¿Sabrá algún especialista de Minera San Esteban a cuántos euros se puede transar un litro de lágrimas? ¿Servirán para algo en el mercado mundial?
No podemos dejar de recordar en estos días terribles, ni por un instante, ese estremecedor relato titulado «El chiflón del diablo», narración vívida y realista que leímos algún día lejano, temblando, entre las páginas del libro Subterra , de Baldomero Lillo. Ahí se hablaba del mundo tiznado, hambriento, mísero, despiadado, de la vieja minería del carbón y sus infinitos peligros, mezquindades y desgracias. Se convirtióSubterra en una obra clave de nuestras letras, ya que vino a romper a picotazos la cristalería afrancesada y los miriñaques ortopédicos de la literatura chilena de principios del siglo XX, cerca de cumplir nuestro primer centenario, para darnos en la cara con una feroz realidad oculta hasta entonces entre sombras y sonetitos de amor.
Hoy, a punto del segundo centenario, y cuando todos los avances técnicos y todo el acopio de humanidad que supuestamente habíamos conquistado y atesorado como país nos hacían imaginar que la Lota brutal de Lillo era un símbolo del Chile negro de ayer, la minería del cobre nos ha despertado de ese sueño a bofetadas. Esta vez no eran las oquedades carboníferas cargadas de gas grisú las que nos traía el titular del diario. Ahora la bonanza cuprífera, cargada de promesas, de bonos, de incentivos, de tecnologías de punta, abrió otra vez de golpe, como un nuevo chiflón del diablo, ese libro escrito por aquel lotino de adopción, nacido en San Bernardo en 1867. La angustia de las mujeres y los hijos de los mineros, insomnes, desencajados, agrupados junto a la boca derrumbada de la mina San José era simétricamente la misma de hace cien años. Las fogatas, la esperanza conviviendo con la más absoluta desesperación.
Tras la exitosa publicación de Subterra , el comentarista Ernesto Montenegro escribió: «Por primera vez, la alpargata y la blusa hicieron la caminata hasta las librerías del centro para volver al suburbio cargando debajo del brazo una obra de un autor nacional. Es el primer autor chileno con un público lector que abarca del taller y la planta industrial a los cenáculos literarios». Refiriéndose asimismo a la obra de Lillo, el escritor Ramón Díaz Eterovic apuntó: «Ése es un libro que obliga a tomar partido». La actual realidad de la mina San José también. Sin ir más lejos, en declaraciones a una radio, el obispo de Copiapó, Gaspar Quintana, que ha celebrado varios oficios religiosos en el lugar del desastre, ha dicho, sin que le tiemble la voz: «La gente está desesperada por el trabajo, porque tiene que mantener a una familia. Se meten en minas inseguras, donde no se respetan las reglas sociales. Es casi una explotación humana». Todo el Chile moderno, de avanzada, yace hoy a 300 metros bajo millones de toneladas de tierra y de flagrante injusticia.
Cuando todos los avances técnicos y el acopio de humanidad que supuestamente habíamos conquistado como país nos hacían imaginar que la Lota brutal de Subterra era un símbolo del Chile negro de ayer, la minería del cobre nos ha despertado de ese sueño a bofetadas.


