Estimados señores mayas: me veo en la ineludible obligación de exigir que la fatídica fecha del fin del mundo sea postergada para el día de la poronga del mono o para cuando les dé más rabia.
Estimados señores mayas: según vuestras apocalípticas profecías, hoy tan amplia y primorosamente amplificadas por catastrofistas, tenebristas y almitas trémulas de todo el orbe, sería el sábado 22 de de diciembre del año 2012, a eso de las once de la noche, y entre terremotos de diez grados, de ocho horas de duración , huracanes y lluvias de meteoritos asesinos, que el planeta azul se nos iría al carajo.
Con todo el respeto que me merece la memoria de sus astrólogos con los dientes tachonados de jade y sus pitonisas medio desvestidas, me permito disentir de tan oscuros designios. Ocurre, emplumados amigos, que justo el 23 de diciembre de ese mismísimo año, justo al día siguiente del acabose, y a partir de las seis de la tarde, tengo que reunirme con mis compañeritos de curso (lo cual ya es una catástrofe mayúscula) para celebrar algo así como el 40 aniversario de nuestra gloriosa salida del colegio. Y, la verdad, no tengo una muy buena excusa para faltarles a esos etiquetas negras y Montes Alfa que tan sabiamente han profetizado, para hacer tolerable la velada, los organizadores del cónclave. Ni siquiera un acabo de mundo me serviría de coartada.
De tal manera, distinguidos y precolombinos augures, me veo en la ineludible obligación de exigir, de la manera más enérgica, y estoy hablando bien seriamente, que la fatídica fecha sea postergada para el día de la poronga del mono o para cuando les dé más rabia. Como sabrán, se supone, según los misteriosos códices, que ya estamos en la época en que «la humanidad entrará al gran salón de los espejos». Ruego que me excusen, estimados brujos mayas, pero ese asuntito es un tema que ya he superado por expresa indicación médica.
En cualquier caso, y para tranquilidad de la población, y pese a los terremotos, calentamientos globales, atentados, invasiones, inundaciones, el regreso de Mauricio Israel, tsunamis y otras calamidades, debo declarar que les tengo malas noticias a los sembradores del pavor y a todos los chicos new age y beatos de la filiación que sean: ya el año 90 de nuestra era san Clemente profetizó el fin del mundo, y aquí estamos, pese a quien pese. En 1186 la «Carta de Toledo» advertía que la gente se escondiera en cavernas y montañas, porque el mundo sería destruido y solamente unos pocos se salvarían. Y así, una tras otra, las profecías se suceden.
Los chilenos, por no quedarnos chicos, tuvimos al profesor Muñoz Ferrada, quien en agosto de 1944 anunció el fin del mundo por el choque de un cometa con nuestro satélite. Se consigna que tras el anuncio «hubo huidas a cuevas, suicidios, asesinatos, borracheras», siendo esto último un hábito finismundista que, según constatamos a diario, persiste hasta la fecha. Sin ir tan lejos, recordemos que los neomayas de Windows preconizaron que todos los computadores harían explosión porque los astutos equipos no contaban los años posteriores a 1999. Por tanto no hay de qué preocuparse: el mundo se acabó hace rato.


