El show de Coco Legrand me hizo reír en la parte de su ida al dentista, pero sobre todo me dejó la impresión de que el hombre está desgastado, que necesita descansar, que el personaje que trajo, «Bolas tristes», es él. La insobornable sensación de que anoche asistimos a su último show televisivo.
Mezcló una vibrante y a ratos densa homilía sociológica con una politización abusiva, contra un solo lado del espectro político. Basureó a presidentes de otros países. Y después alegamos porque nos ningunean a Michelle en otros lugares.
Cuando cerró la primera parte de la función dejó en claro que no es el mismo de hace unos años. Dijo algo así como «hay un gran personaje.», pero ya había hecho rugir el motor de la primera de las motos que montó (criminalmente hermosa) y debió recular y despedirse.
Además embutió innecesariamente mucha marca en su parlamento. Ópticas, institutos, autos. Me recordó a Eliseo Salazar cuando llegaba a «Viva el lunes» con su overol de piloto plagado de sponsors.
Los trofeos prácticamente los apuraron los animadores, quizás para no hacerle pasar la afrenta que sufrió hace 30 años, cuando Vodanovic le negó lo que pedía a gritos toda la Quinta Vergara. Coquito, es hora de entrarse. Todavía se puede hacer con dignidad.


