Ya habían durado bastante con relación a otros clanes televisivos, como Los Valverde, Los Eguiguren, y para qué mencionar a los efímeros Cárcamo. Ahora sólo nos queda seguirles la pista a familias cuyos integrantes trabajan en la televisión y también nos hacen reír a veces (los Calderón-Argandoña y los Alvarado, por nombrar a dos).
Ahora las expectativas no son muchas para el elenco. En las redes sociales ya algunos han empezado a postular, casi como causa nacional, la necesidad de un programa para el compadre Moncho (Adriano Castillo, la versión electrónica del sempiterno Cumpa de Condorito con brochazos de Pepe Cortisona). Pero espacios para el humor de barrio, para los diálogos más atelevisivos que iban quedando (de ésos que, paradójicamente, la gente protagoniza con la tele apagada) cada vez son menos.
Se podrá decir que a la empleada de la serie (Catalina Saavedra) no le faltará pega. Fundamentos hay varios. Por ejemplo, lo bien que le fue en «La nana» y su notable cometido en «Volver a mí» (Canal 13). Y que Jorge Guajardo no tendrá asegurado el futuro como alcalde de La Florida, pero que al menos no queda en la calle, laboralmente hablando. Pero ¿y el resto? ¿Zará? ¿Alberto Castillo? Si se me permite lanzar una idea, podrían presentar a otro canal un piloto de un sitcom llamado «Los Sinpegas». Rima con «Venegas» y sobre todo con la cruda realidad.
Hoy todo está dado para el enajenado sarcasmo de Los Simpson, los mensajes entrelíneas y el permanente jueguito de ensalzamiento y renegación del american way of life , que es lejos el proyecto imperialista más exitoso de la historia de la Humanidad. Al pelado Venegas, la hacendosa Silvita y al resto habrá que echarlos de menos sólo cuando pase algo que recuerde los días en que a la televisión chilena todavía le quedaban resabios de algo con sabor a hogar.
Y habrá que agradecerles que nunca transaran, que jamás cedieran ante la tentación de caer en el ridículo o en los recursos de moda con tal de mantener vigencia y que no se despegaran un milímetro de su política de retratar al callo la tranquila vida del chileno promedio. Y eso sí que es un ejemplo de transgresión.


