Aaron Soto, chofer del alcalde de Lo Barnechea, recuerda los días en que familias de mineros vivían en la propiedad
El lugar está en pleno proceso de restauración. A punta de lija, se recuperaron más de 1.000 metros cuadrados que habían sido pintados de blanco.
Aaron Soto (63) cuenta que cada vez que pasa por la Casona San Enrique se acuerda de su juventud. Como chofer del alcalde de Lo Barnechea, le toca visitar con frecuencia la imponente casa de adobe donde vivió con su familia durante 16 años, cuando él tenía entre cinco y 21.
Hoy es un inmueble patrimonial, que junto a la plaza San Enrique, marcan el inicio de la precordillera de Santiago y el acceso hacia El Arrayán. Después de haber estado cerrada por casi un año, desde este martes el frontis de la casona y áreas públicas se abren nuevamente al público, tras finalizar la primera etapa de su restauración.
«Por fuera está casi igual a como era antes, solo que antiguamente tenía un piso (ahora son dos)», cuenta Soto, quien residió en compañía de sus padres y sus diez hermanos.
La casa se construyó a inicios de 1900. Originalmente era un galpón y la casa del capataz en la Hacienda de San José de la Sierra y servía para controlar el paso hacia Argentina.
Aunque seguía en manos de privados, se transformó en el lugar donde llegaban las mulas cargadas del mineral que se sacaba a unos 35 kilómetros de distancia, en la mina Disputada de Las Condes ?hoy, Los Bronces?. Con los años, los animales fueron reemplazados por un andarivel que tenía como estación terminal este lugar.
«Mi papá trabajaba en el andarivel, en la cordillera y como ya quería jubilar, los jefes le propusieron que se fuera a esta casa para que siguiera trabajando en el andarivel, pero sin subir a la mina. En ese tiempo demoraban casi dos días y medio en llegar porque el camino era muy malo. En la casa nos pasaron un piso donde mis papás hicieron unas subdivisiones: en un lado dormían las mujeres y en el otro, los hombres», recuerda.
¿Cómo era vivir ahí? No pasaba nadie, me imagino.
«Muy poca gente pasaba, rara vez se veían vehículos porque la locomoción colectiva llegaba hasta donde está el Alto Las Condes ahora. Para nosotros ese trayecto era como ir a Santiago».
¿Cómo era la casa?
«Era de adobe, muy firme. Siempre para los terremotos los bomberos nos decían que se iba a caer, pero nunca pasó porque los muros tienen como un metro de espesor. En verano es muy fresca, no daba calor adentro, y en invierno casi no se ocupaba calefacción. Vivíamos en la casona con dos familias más. Lo único que era colectivo eran los baños y no los podíamos usar tranquilos, teníamos que organizarnos para poder ocuparlos, claro que había tres duchas. Yo, como era el menor, quedaba siempre para el final, pero era muy entretenido, lo pasábamos muy bien».
¿Por qué tanto?
«En invierno jugábamos mucho en la nieve. Ahora no nieva tanto, pero antes se juntaba hasta un metro de nieve en la plaza. Para comprar teníamos que ir en esquí».
Soto cuenta que vivió en el lugar hasta finales de los 70, cuando los dueños de la casona pasaron por aprietos económicos y decidieron vender.
Los registros de la época cuentan que el recinto fue una hospedería de niños, una comisaría y un espacio residencial. Ante el peligro que se asentara allí un proyecto inmobiliario, el arquitecto Sergio Grau decidió comprarla para conservarla y le hizo mejoras.
Según dijo a «El Mercurio» el cronista Miguel Laborde, director de la Revista Universitaria de la UC, se le añadió mayor volumen a la fachada con hormigón en el segundo piso, pilares de pino Oregón, un patio central y un teatro en el subterráneo para que fuera un gran centro de arte y cultura de 5.000 metros cuadrados. En 1994 pasó a manos de la municipalidad y hasta el año pasado se mantenía arrendada a locales gastronómicos.
Madera y lija
Dominique Chadwick, secretaria comunal de Planificación de la Municipalidad de Lo Barnechea, cuenta que el programa de renovación de la casona tiene tres fases: en abril de este año se inició la primera etapa para recuperar la pintura de la fachada, paisajismo y más de 1.000 metros cuadrados de madera de las puertas, ventanas, cielos, barandas y escaleras que estaba en mal estado.
«Se lijaron metros y metros cuadros de pintura de la madera porque durante el periodo en que la casona estuvo arrendada, se pintó de blanco, que no era lo óptimo. Ahora se recuperó. Fue un trabajo manual súper detallado», dice.
En 2026 se contempla un presupuesto de $2.000.000.000 para la segunda etapa, que incluye la restauración de más de 3.600 metros cuadrados interiores, la habilitación de salas para talleres, exposiciones, servicios y oficinas; además, se renovará la iluminación y el sistema de climatización. La tercera fase, que se centra en la remodelación del teatro, se ejecutará en 2027.
«Queremos que la Casona vuelva a ser un lugar vivo, con actividades, talleres y exposiciones. Un espacio abierto para que las familias, los jóvenes y los adultos mayores se encuentren, aprendan y disfruten», destaca el alcalde de Lo Barnechea, Felipe Alessandri.




