Arrasadora juventud musical

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Muy gratificante fue tener presentaciones seguidas de dos grandes orquestas no profesionales sino de jóvenes estudiantes de paso, de edades entre 18 y 25 años.

Una fue nuestra conocida Sinfónica Nacional Juvenil FOJI, que en una nueva actuación en la Sala Corpartes recibió por primera vez al director chileno radicado en España Luis Toro Araya. El programa era imbatible, con la obertura «Rienzi» de Wagner, el Concierto N° 5 para violín de Mozart y la Sinfonía N° 4 de Brahms.

Tras sus recientes debuts frente otras principales orquestas santiaguinas, Toro selló sus embestidas con esta tercera agrupación, que en el último tiempo muestra un empinado ascenso. Si con Wagner y Brahms estuvieron espléndidos, un momento muy especial se vivió en la pieza mozartiana, que tuvo como solista a un virtuoso Alberto Dourthé, otrora maestro de Toro. El emotivo abrazo final con sabor a profesor-alumno lo dijo todo.

La otra muchachada llegó de Alemania al Teatro Municipal de Las Condes, conformando la Orquesta Sinfónica Juvenil Odeon de München (Munich), conducida por su fundador y permanente director, el chileno Julio Doggenweiler.

Otro programa taquillero: obertura «Los maestros cantores» de Wagner, Concierto para violoncello de Dvorak y «Sheherazade» de Rimsky-Korsakov. Con este repertorio de primera línea los visitantes pudieron lucirse de sobremanera y desde el comienzo mismo de la jornada con la pieza wagneriana, cuya impactante potencia interpretativa fue notable. Luego, en el concierto cellístico hubo un encuentro padre-hijo, con el solista Jonas Doggenweiler notable, transitando desde la fuerza al lirismo y la gallardía final; todo en un ánimo que lo mostró como habitante de un éter musical superior. Papá director manejó el marco acompañante de maravillas, frente al pelotón juvenil siempre atento y equilibrado.

Rotundo clímax fue una «Sheherazade» casi en tecnicolor, a todo dar. La obra abunda en pasajes muy atractivos, que fueron magníficamente abordados exhibiendo la rica orquestación que contrasta íntimos solos de violín y arpa con volcánicas arremetidas generales, siempre mediando dulces melodías. Quedó claro en esta obra que los jóvenes alemanes se las traen a lo grande y que la labor de Julio Doggenweiler merece enormes elogios.

Como agregado -¡qué honor!- irrumpió un festivo arreglo de la cueca «La rosa y el clavel», incluido el grito «vueeelta» del director y las palmas del público.

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