Así viven los universitarios chilenos en las Malvinas

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Autor de la Foto: CEDIDA
Título/Pie de foto: Uno de los chilenos junto a la típica cabina telefónica inglesa.


David Opazo y Sebastián Vesperinas hicieron su práctica en las islas del Atlántico Sur

Estudiantes de la Universidad de Magallanes echaron de menos el pan fresco e internet.

Julio Matus
A David Opazo (23) lo que más le llamó la atención es que el pan lo vendieran congelado y tuvieran que guardarlo en el refrigerador. A Sebastián Vesperinas (23) le sorprendió que cuando estaban marcando ovejas en el campo, cada vez que tenían un descanso de media hora, les ofrecían cerveza.

David y Sebastián, junto con Karla Acuña y Davor Domic, todos estudiantes de agronomía de la Universidad de Magallanes, fueron a hacer su práctica profesional por un mes en las islas Malvinas, para los argentinos, o Falkland, para los ingleses, que están a una hora y media de vuelo desde Punta Arenas. Allí trabajaron en invernaderos gigantes y extensas estancias.

«Es otra cultura, otro mundo», asegura David, de regreso en Magallanes. Y no sólo por el idioma, sino que porque «en las comidas, todo es congelado». Pone como ejemplo que «no hay pan fresco, sino que está congelado y uno tiene que tostarlo para poder comerlo. Por lo que vi no existen panaderías y en los supermercados tampoco hacen pan». El estudiante cuenta que «uno tiene que guardarlo en el refrigerador, o si no, se añeja».

No hay problemas con el alcohol, porque «la gente consume cerveza en la calle y eso no es ilegal». Los pub, eso sí, cierran a las 23.30 horas y sólo hasta las 21 admiten a menores de edad, quienes sólo pueden consumir bebidas.

Echó mucho de menos la internet, servicio que en las islas cuesta «entre 300 y 400 mil pesos chilenos mensuales, metiéndose media hora no más, porque ni siquiera se puede estar conectado todo el día».

El universitario también cuenta que se topó con un argentino que «había ido a ver unas tumbas» de parientes suyos muertos en la guerra de 1982. «Nosotros fuimos a ver un avión argentino que había caído, la verdad es que estaba destrozado, ya casi no quedaba nada», agrega

Sebastián, en cambio, confiesa que tuvo problemas con el idioma y que todo, salvo el clima, es muy distinto a su Punta Arenas. «La ciudad es muy limpia, no hay ningún papel tirado en la calle, y toda la gente saluda y anda siempre alegre».

Al joven también lo sorprendió que «cuando estábamos en el campo, en los breaks, se bebía cerveza», incluso los militares ingleses que colaboran en esas faenas.

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