No recuerdo el nombre de esa engolada voz medio nasal, ni en qué radioemisora ejerce (¿o ejercía?) su magisterio, pero sí su timbre adormecedor, sacerdotal y, a su manera, escalofriante: «Para aquellos que nunca fueron amados», solía decir al cerrar la transmisión, pasada la medianoche, dirigiéndose al radioescucha más atormentado y solitario, «o para aquellos que habiendo sido amados un día no supieron después amar, o que luego de buscar el amor no pudieron ser amados sin dejar de amar a quien habían amado, o que pensando no merecer el amor creyeron por fin haberlo encontrado sin ser amados por quien no había dejado de amar lo que en ellos hubo tal vez de amor, o que…». Basta, le digo a mi interlocutor, y ambos contemplamos la avenida Irarrázaval casi desierta bajo un sol que cae a plomo, buscando algo entre los adoquines desaparecidos. Ahora hay puro pavimento. «Dicen que los vendieron a una empresa inglesa», ensaya para distraerme mi compañero de mesa, amoscado porque interrumpí su trabalenguas sobre el amor/desamor. «Sí», le concedo, «me acuerdo perfectamente de ese locutor. ¿Todavía existe?».
Me pregunto qué diablos era lo que esa voz hipnótica proponía a «aquellos que no pudieron amar o ser amados», etcétera: ¿por qué decía «para aquellos»? ¿Era un consuelo o una advertencia? Mi interlocutor ha ido a remojarse la cara. El domingo a las tres de la tarde es un espejo caldeado que repite los barrios, y a través del ventanal fijo la vista en los bordes de los horribles edificios: parecen estar inmóviles (lo están) y al mismo tiempo es como si vibraran, sin duda una ilusión óptica ocasionada tanto por el calor físico como por la exasperación de los habitantes que no cuentan con aire acondicionado. Es también nuestro caso: la moqueta (abominable palabra) del piso, sintética como ella sola, irradia un olor plástico y jaquecoso, como de sentimientos recalentados e inútiles.
¿Sentimientos? Me había prometido estampar aquí unos párrafos plenos de optimismo, la visión de un vaso «medio lleno», pero esa agua metafórica se evaporó con estas temperaturas-país. La sola palabra «optimismo», por lo demás, evoca hoy en mi conciencia un activo ejército de funcionarios en camisa, con las mangas subidas y la corbata concho de vino al viento de modernos ventiladores digitales, ejecutando coreografías al son de un estribillo que reza «el cambio, el cambio, el cambio es privatizar». Uf, también yo corro a la cocina a empaparme la cara y a ponerme un cubo de hielo sobre la frente bastante marchita.
El día transcurre a la espera de algo que no puede ser sino la fresca tranquilidad de la noche, pero cuando ésta llega un repentino cansancio me empuja hacia el lecho, y los planes cocinados durante la luz natural, irrealizables por la aplastante canícula, dan paso al sueño que todo lo posterga. Poco antes de morir, Julio Cortázar escribió un libro que nunca me he atrevido a leer. Su título, ahora, es como un imán: Salvo el crepúsculo . Ni el día ni la noche, sino esa fisura que necesariamente tendremos que hallar para persistir con los ojos abiertos, hayamos amado o no, habiendo sido amados o no, optimistas o no, solos o no, etcétera.


