Anoche el camaleón volvió a reinventarse.
No sé si usted tuvo la misma impresión que yo, pero en los primeros minutos del show de Stefan Kramer pensé que estaba colgando las prótesis faciales de trabajo, los maquillajes y las pelucas. De hecho, no ocupó nada de eso: toda su actuación fue a cara lavada. Me llevó a pensar que estaba jubilándose anticipadamente el hecho de que estábamos asistiendo en esa parte de su función a mucha línea autoflagelante, del tipo «se me confunden los personajes», «la gente me dice retírate…» y «siento que ya fui».
Con el paso de los minutos me quedó claro que se trataba de una puesta en escena magnífica, diseñada como catarsis luego de su criticada presentación en la última Teletón y, que, a la vez, arrojó claros indicios de la que será una nueva etapa dentro de su evolución artística.
Lo que montó en la Quinta Vergara, en la primera noche del Festival de Viña de este año, fue una verdadera transición. Y de la mano del humor musical, género que nunca había explorado ni cultivado con la magnitud ni la intensidad de anoche. Fue un terremoto de talento que sacudió las placas tectónicas mismas de la historia del humor nacional.
Una de las innovaciones fue recurrir a chilenismos. No recuerdo otra performance televisiva suya con tantas expresiones de ese tipo. Y no molestaron porque venían insertadas con gran cálculo y plausibilidad dentro de la estructura del libreto. Otra faceta no vista en el pasado fue la de abrir de par en par pasajes enteros de su biografía, realidad familiar y hasta existencial.
Todo indica que la próxima estación por la que pasará su camaleónico talento es el stand-up comedy hecho y derecho.
No hay razones para pensar que le irá mal allí, ya que al desarrollar su gran fuerte hasta ahora, las caracterizaciones e imitaciones, siempre Kramer insinuó una facilidad innata para contar cosas y reflexionar con gracia sobre la sociedad que nos rodea y los especímenes con los que nos toca compartir, partiendo por el mismo comediante y su entorno.


