El Salón del Directorio se abrió por primera vez al público, con motivo de los 130 años de la institución
Este salón y todo el resto del edificio, incluida su decoración, están tal cual en todos sus detalles como cuando fue inaugurado, explica Miguel Panadés, empleado que conoce la historia del edificio.
Todo santiaguino que se precie de tal conoce al menos su fachada, su planta triangular y la pileta de Las Tres Gracias que está a pasos de su entrada. Ubicado en la esquina de las calles Bandera con Moneda, el edificio de la Bolsa de Santiago es un símbolo de la ciudad, como La Moneda, el Portal Fernández Concha o el edificio de BancoEstado. Este martes, para celebrar los 130 años de la Bolsa, el edificio fue abierto al público que transitaba por el lugar, para que recorriera sus salones.
También como parte de la celebración, la institución convocó a la primera versión de Bolsart, concurso en que cuatro pintores retrataron la fachada, con el desafío de mostrar cómo se integra a su entorno.
«La idea es acercarnos a la comunidad, que las personas sepan que la Bolsa de Santiago es parte de su vida. Los fondos de pensiones, los ahorros, los seguros que tienen la gente pasan por acá», explica María Gloria Timmermann, gerenta corporativa y de relacionamiento y sostenibilidad de nuam exchange, holding regional que integra las bolsas de Santiago, Lima y Colombia.
El lugar preferido del público para las fotos fue el Salón de Ruedas, donde hasta los años 90 los brokers compraban y vendían acciones a viva voz, con la pantalla con los valores de fondo y una campana para poner orden. Hoy, sin embargo, todas las transacciones se hacen por internet desde los terminales de las empresas en que trabajan los ejecutivos.
Aunque el de Ruedas fue el salón preferido por los visitantes para tomarse selfies, la sorpresa de la jornada fue la apertura de un salón privado al que hasta ahora nunca habían entrado personas que no fueran de la institución. Se trata del Salón del Directorio, un espacio imponente, con una mesa redonda de roble americano donde los miembros del directorio sesionas al menos una vez al mes. Los sillones, de la misma madera, están tapizados con cuero marroquí y en sus respaldos tienen una inscripción dorada con las iniciales de la bolsa. Varias columnas de mármol, ornamentales, simulan sostener la estructura del salón, mientras una lámpara francesa de principios del siglo XX ilumina el ámbito. Un gobelino que va del techo al suelo y un cuadro de Pedro Lira adornan las paredes, recubiertas en parte de roble americano, como toda la madera que existe en el edificio.
«Este salón y todo el resto del edificio, incluida su decoración, están tal cual en todos sus detalles como cuando fue inaugurado», explica Miguel Panadés, jefe del departamento de Seguridad y Prevención de Riesgos de la Bolsa, quien conoce al dedillo su historia.
El edificio, inaugurado en 1917, fue diseñado por el arquitecto chileno de ascendencia francesa Emile Jéquier, quien también diseñó el Museo Nacional de Bellas Artes y la Estación Mapocho. De estilo neorrenacentista francés, tiene cuatro pisos más un subterráneo. En su construcción se usó fierro traído de Europa y roble importado de Estados Unidos.
«Su construcción fue muy compleja porque Europa estaba en plena Primera Guerra Mundial y el transporte de los materiales en barco fue todo un desafío», explica Panadés.
«En las terminaciones se buscó la elegancia y dignidad en el empleo de los materiales para lograr una obra acorde con la importancia de la institución. En el primer piso se colocó pavimento de mosaico importado y parqué de la fábrica de Guillermo Küpfer. Los revestimientos exteriores se hicieron con estuco de color, lo que era una novedad técnica en Chile por aquel entonces. La mampara del vestíbulo de acceso fue construida totalmente en roble americano, al igual que el entarimado tallado del Salón de Ruedas. El fondo de este salón fue decorado con un cuadro alegórico pintado especialmente por Pedro Subercaseaux», se explica en la memoria de la Bolsa de Comercio.


