La U de Sampaoli se regaló a sí misma un partido de culto: dentro de unos años las entradas de los azules que ayer fueron al estadio tendrán un valor inestimable.
El partido que se jugó ayer en el Estadio Nacional debería ser tenido en cuenta como material pedagógico obligatorio en las aulas del fútbol chileno durante las próximas décadas, fundamentalmente por tres razones: la insospechada debacle del equipo más sólido del medio, un arbitraje casi impecable que desdeñó de entrada el qué dirán y, por encima de todo, la heroica exhibición de otro equipo que, pensándolo bien, estaba mejor preparado anímicamente para poner toda la carne a la parrilla cuando llegara el momento.
En la historia de las catástrofes cruzadas, ésta debe ser la peor. La UC de Pizzi tenía el título en el bolsillo y era, más encima, el inédito bicampeonato del Ceatoleí. Sus méritos ya se han detallado con largueza, pero, a pesar de ellos, los de la franja entraron a jugar un partido inexplicable contra la retórica. Dicho de otro modo, los cruzados ya habían demostrado en el partido de ida que podían superar a la U en goles e inteligencia, pero esta vez quisieron hacerlo para la galería, ese mal futbolístico que a veces nubla la conciencia de los que saben. No soportaron, seguramente, que al otro lado siguieran diciendo que eran mejores, pese a la derrota del jueves.
De otra manera no se explica que la Católica se autoflagelara con un autogol, dos penales y dos expulsiones en una sola tarde. A última hora, mostró la hilacha, al querer ganarles a los azules con la camiseta, a los empujones o incluso a las patadas. De hecho, no debiera extrañar que sus hinchas hayan soñado hasta el último minuto con repetir aquel gol de Sergio Fabián Vásquez en el clásico de la primera rueda del 94.
Lo anterior basta para resaltar en pocas palabras el trabajo del árbitro Enrique Osses. Aún tiene 37 años, pero, al menos por esta jornada, le recomendaría el siguiente epitafio: cobró lo que tenía que cobrar.
La U de Sampaoli, por supuesto, se regaló a sí misma un partido de culto: dentro de unos años las entradas de los azules que ayer fueron al estadio tendrán un valor inestimable. Hubo amor propio y sacrificio en la cancha, pero, más que nada, convicción, esa palabra que heredamos de un tal Bielsa y que se creía extraviada para siempre por culpa de las concesionarias.
En efecto, uno se pregunta todos los días qué hace falta para doblarle la mano al destino, salir de una situación difícil o sencillamente imposible. La verdad, a veces estas cosas no resultan, pero no hay otra salida: hacer lo que uno sabe hacer, con la misma fe de siempre, la misma entrega y el mismo sentido del honor. Es lo que los azules le deben a Sampaoli: atacar, abrir el juego, arriesgar la última línea, ir de frente y buscar siempre el arco contrario, sin temor a las equivocaciones. Jugando así es razonable perder, pero cuando se gana uno por fin puede llegar a sentir, aunque sea por una vez en la vida, que todo está en su lugar.
A partir de hoy, sin duda, hablaremos de otro partido histórico en la evocación del linaje azul, junto al título de 1959, el gol de Salah en 1981, la hazaña de Gino Cofré en 1992 y el triunfo ante la propia UC en 1994. Y, como nunca, la frase preferida por sus partidarios se levanta como un himno incontestable, quizás una filosofía de vida: «Canta cuando todos estén tristes».


