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Título/Pie de foto: Roberto Merino
Roberto Merino
Qué extraña es la gente que, por necesidades de su profesión, debe fingir la alegría. No hablo de los payasos, sino de los predicadores (también de los políticos y los animadores). Los payasos, hipócritas por naturaleza -como lo prueba el viejo aserto del payasito «que por dentro llora y por fuera ríe»- pertenecen a una época pretelevisiva. Por lo general uno los veía de muy lejos en el circo, y esa distancia tomaba forma en la máscara pintarrajeada: la boca sonriente exagerada que debía ser vista hasta por los tipos de la última fila de la galería. Ante las cabriolas, voces impostadas y payasadas en general, a nadie se le hubiera ocurrido pensar en la espontaneidad.
Al menos en Chile, los payasos llegaron a la televisión a comienzos de los años setenta, con el programa Teleminimundo . Lo conducía, en calidad de Señor Corales, el humorista Tommy Davis. Luego lo reemplazó Enrique Heine, actor de la vieja escuela con vozarrón temible, especialmente útil en los roles teatrales que lo obligaban a retar a la peonada. Los niños de entonces esperábamos en un comienzo ese programa con «previo fervor», ansiosos de conectarnos con la magia del circo. Al final de la temporada sólo podíamos concluir que tal magia no existía. Había cambiado la disposición colectiva hacia esta clase de espectáculos. Los chistes parecían fomes; las situaciones, libreteadas. Se vislumbraba, más que el humor, la voluntad del humor, con la cual en general no se logra hacer reír a nadie.
Pero iba a otra cosa. No creo que haya expresión humana más desagradable -aparte de la que evidencia en un rostro la presencia de la envidia- que la alegría o el regocijo fingidos. Es, por lo demás, de todas las actuaciones de la vida diaria, la más difícil de llevar a cabo. Si alguien nos cuenta un episodio triste no cuesta nada poner cara de pena empática, aunque lo que efectivamente estemos pensando sea cómo cortar la conversación y mandarnos a cambiar. Igualmente es fácil exagerar el enojo, la ansiedad, la preocupación. La alegría en cambio considera, para su realización expresiva, una especie de iluminación de la mirada que es casi imposible de lograr en ausencia de la emoción real.
En quienes resulta más notorio el artificio es en los predicadores y sermoneadores encorbatados. Impelidos por la urgencia de convencer a auditorios lo más amplios posibles, levantan los brazos al cielo al tiempo que sus caras hacen un supremo esfuerzo carismático que a veces tiene como consecuencia las sonoras carcajadas de la fe. Vean las pinturas de todos los tiempos en que aparecen santos y místicos: nunca aparecen incurriendo en excesos de esta índole, aun en el caso de que se los retrate en pleno éxtasis. Aparecen más bien sustraídos, leves, silenciosamente proyectados en la sombra del más allá.
Me imagino que lo primero que uno haría en el caso de entrar en comunicación con la divinidad, sería «irse pa dentro». O sea, callarse, porque el hecho de que Dios le hable a alguien no significa que éste comprenda mejor su condición enigmática. Hay proselitistas religiosos que se toman demasiada confianza en este sentido. Se arrogan el papel de voceros y pretenden saber lo que Dios quiere y espera de nosotros, como si fuera un compañero de oficina con el que acaban de conversar por teléfono.


