Carnaval en la oficina

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Los comités de bienestar ya no dan abasto para inventar bingos, concursos de baile, día del amigo secreto, minutos de confianza, tardes recreativas, mediodías del yoga y mañanas de la risoterapia.

La noción de «clima laboral» es tan nueva, dispersa y rimbombante que se presta para todo tipo de interpretaciones. Supongo que siempre ha sido deseable trabajar en un ambiente grato, pero últimamente, desde que se propagó la idea de que el mencionado clima laboral era una variable importante en la cadena productiva, se vive una auténtica neurosis por conseguir la buena onda a como dé lugar. Los comités de bienestar ya no dan abasto para inventar bingos, concursos de baile, día del amigo secreto, minutos de confianza, tardes recreativas, mediodías del yoga y mañanas de la risoterapia.

Desde el karaoke hasta los masajes express, pasando por la siesta institucional y la elección de Miss Fotocopia o Míster Debe y Haber, los aderezos para suavizar la jornada de los trabajadores no pueden ser más variados, pero en la variedad, al menos por esta vez, no está el gusto; por el contrario, lo que hay en ese abanico de posibilidades de distracción es una constatación de que las pifias y averías del ámbito laboral son tan numerosas que para subsanarlas hay que inventar poco menos que un parque de diversiones en las oficinas para que los asalariados no se quiebren en pedacitos de pánico e histeria.

Me quedé pensando en esas actividades después de ver en Youtube un reportaje de Teletrece acerca del Día Encantado, una curiosa fiesta en la que cuatrocientos trabajadores de una empresa de ventas se disfrazan de lo que se les cante -de Batman, de gusano, de Bob Esponja, de Hello Kitty, de Chaplin, del Zorro, de ataúd, de Homero Simpson, de Cleopatra, de oso panda, etcétera-, con lo cual lo pasan chancho, y luego agradecen al cielo por trabajar en semejante paraíso laboral. «La venta es estresante», declara Hello Kitty en su escritorio, «y esto nos ayuda a cambiar un poquito el esquema y hacer algo más divertido». El gerente, vestido de soldado romano, no cabe en sí de satisfacción: «Crecemos en ventas todos los años, la gente está más contenta y nos ha ido bien. Nuestros clientes están felices».

Es difícil no celebrar que haya gerentes preocupados, aun por razones exclusivamente estratégicas, del bienestar de sus trabajadores. Eso está fuera de discusión. Y también está fuera de discusión que los mismos trabajadores organicen sus propios divertimentos según la horma que calcen. El meollo del asunto es otro: ¿en qué momento el trabajo se convirtió en algo tan estupidizante que obliga a carnavales medievales y recreos de corte infantil, en los que reina la patota y se desprecia la individualidad reticente? ¿Por qué los trabajadores se divierten como si tuvieran diez años, aunque vayan al happy hour del after office y queden como ranas de curados? ¿Es necesario divertirse para estar contentos en el trabajo, en vez de aspirar a un sueldo digno, por ejemplo, o a jornadas que no estresen a Hello Kitty? ¿No se parece demasiado esa diversión a la manera en que nos embarcábamos en las más absurdas leseras para pasar el trago amargo del liceo embrutecedor?

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