Uno siempre puede sorprenderse por la cantidad de personas que se ganan la vida sermoneando a los demás o guiando las decisiones ajenas.
Conocí Santiago en esa época, cuando yo tenía doce o trece años, durante unas vacaciones de invierno que, miradas a la distancia, me parecen ahora las mejores vacaciones de mi vida. Como no tenía un cobre, mi rutina era simple: salía temprano en la mañana, tomaba una micro que me dejaba en Bandera o en San Diego y desde ahí caminaba incansablemente, sin rumbo fijo, siguiendo el pulso de la calle, hasta que se me hacía de noche y regresaba. Mis recuerdos de esas jornadas exploratorias son difusos, pero en casi todos aparece con gran nitidez alguien que trata de convencer a un público mediante el arte de la palabra. Desde el vehemente Gloria al Pulento hasta el vendedor de una pomada copiativa de impresos, pasando por la innecesaria cháchara de un retratista de siluetas a tijera y por el viejo prestidigitador que ya en ese entonces terminaba sus períodos oratorios con la muletilla «ya, los dejé locos», la fauna verbosa de Santiago se me apareció como un verdadero e impresionante parque de diversiones.
Actualmente aquellos charlatanes ochenteros están de capa caída, quizás porque eran demasiado inocentes y su arte era totalmente amateur. Asimismo, ya no se transmiten por televisión abierta las alharacas de los predicadores caribeños o las aptitudes escénicas de alguna familia entregada por completo a poner cara de beatitud. Eso no significa que el charlatanismo se haya acabado, pero al menos indica que los embaucadores se han trasladado a otro lugar o que es posible eludir su sonsonete.
De todos modos, uno siempre puede sorprenderse por la cantidad de personas que se ganan la vida sermoneando a los demás o guiando las decisiones ajenas, aunque está claro que los de hoy son auténticos profesionales y por eso han desocupado el ruido ambiental, dejándose oír focalizadamente, sólo entre quienes pagan por ello. El cuadro que ofrecen junto a su audiencia es, cuando menos, provocador. Piénsese qué clase de personas asiste, por ejemplo, a una charla sobre cómo desenvolverse de manera óptima en materia de relaciones sexuales o eróticas. Alguien que cifra sus esperanzas en los consejos que pueda darle un parlanchín libidinoso tiene problemas harto más profundos que la barnizada de lugares comunes que recibirá, problemas que el club de los corazones solitarios o la vieja y sabia almohada solucionaban de manera mucho más transparente y sincera.


