Rafael Palacios, director ejecutivo de Acades, cuenta el avance del uso de agua de mar
El 85% de la capacidad instalada de desalación abastece hoy a la minería del cobre.
En Chile ya operan 32 plantas desaladoras y sistemas de impulsión de agua de mar y hay en carpeta más de 50 proyectos en distintas etapas de desarrollo: «Estamos en la pole position de la región, con una cartera de 51 proyectos, inversiones por sobre los US$24.000 millones, que nos posiciona como uno de los países más activos en infraestructura hídrica no convencional de América Latina», dice Rafael Palacios, director ejecutivo de la Asociación Chilena de Desalación y Reúso (Acades).
Hoy, el 100% del agua que abastece a la ciudad de Antofagasta y Mejillones proviene de agua de mar gracias a la ampliación de la planta desaladora Norte de Aguas Antofagasta con una producción de 1.436 litros por segundo, mientras avanza la primera concesión en Chile de una planta desaladora para la región de Coquimbo.
El mayor avance, eso sí, lo tiene minería, donde operan 19 de las plantas en Chile. De hecho, la unidad más grande pertenece a la minera BHP que tiene una producción de 3.58 litros por segundo para abastecer la operación de Escondida.
«La industria se ha expandido con fuerza en la última década», detalla, debido a los efectos del cambio climático y «la urgencia de contar un suministro de agua 24/7, también hay una madurez tecnológica que hoy permite operar con alta eficiencia e impactos ambientales mitigables; y una alianza público?privada que entiende que sin seguridad hídrica no hay desarrollo sostenible».
Hoy se produce 39.000 litros por segundo adicionales de agua, pero con los nuevos proyectos en carpeta se podría «triplicar la capacidad actual».
¿Qué impactos se ve con la operación de las plantas?
«El desarrollo de la desalación ha sido decisivo para impulsar el crecimiento de la gran minería del cobre y el abastecimiento de grandes ciudades como Antofagasta, Copiapó y esperamos que prontamente Arica y Coquimbo y la Serena. Aproximadamente el 85% de la capacidad instalada de desalación en Chile abastece hoy a la minería del cobre, liberando presión sobre aguas continentales como ríos y napas subterráneas que pueden volver a abastecer a comunidades rurales y sostener ecosistemas vulnerables».
¿Y en consumo humano?
«Ciudades como Caldera, Chañaral, Mejillones y Tierra Amarilla se abastecen mayoritariamente con agua desalada, cuentan con un suministro de agua seguro y de calidad. Localidades rurales como Caleta Chanavayita y Caleta San Marcos en Tarapacá, Caleta Pajonales, o los Broces en Atacama y Caleta Río Limarí en Coquimbo, no dependen hoy de camiones aljibe ni de las lluvias para que al abrir la llave salga agua».
Explica que entre 2030 y 2060, la disponibilidad de agua en el norte y centro podría bajar más de un 50%, mientras que la sequía avanzará entre Coquimbo hasta La Araucanía: «Es probable que tengamos que invertir en plantas para aprovechar aguas residuales y agua de mar para asegurar el consumo humano, aun cuando existan años en que podamos volver a usar aguas continentales, como pasa hoy en Australia. Se necesitan herramientas que permitan financiarlas incorporándolas en los sistemas tarifarios o concesionándolas como se hace en la Región de Coquimbo».
Aunque se avanza de forma importante, Palacios acota que el país aún no está en las grandes ligas de la desalación: «En el mundo existen cerca de 15.000 plantas de producción de agua desalada, y la mayoría está en el Medio Oriente y África del Norte. Chile no representa aún ni el 1% del total».
¿Qué proyecciones tiene para el sector?
«En el corto plazo vemos una gran oportunidad en proyectos en ciudades costeras, en el mediano plazo esperamos avances significativos para la gran minería del cobre y el consumo humano e industrial de regiones como Coquimbo, Arica y Valparaíso, si se aprueba el proyecto de ley de regula el uso de agua de mar para desalinización. A largo plazo, vemos grandes iniciativas multipropósito para abastecer a industrias como la de hidrógeno verde, data centers, mediana minería, el litio y agricultura, con sistemas interconectados de transporte de agua que le permitan acceder a precios más competitivos».
Se cuestionaba que las plantas elevaban la salinidad y temperatura del mar. ¿Se redujeron esos efectos?
«Ese cuestionamiento tuvo cierto asidero en algunas plantas de tecnología térmica en los años 70 de la industria petroquímica, a la luz de la tecnología actual no son más que mitos. La osmosis inversa no altera la temperatura del agua que es devuelta al mar, y los avanzados sistemas de difusión permiten una rápida dilución de la salmuera en plumas salinas muy reducidas, que en nada alteran la salinidad natural del mar. Estudios científicos muestran impactos localizados y mitigables en áreas circundantes a los emisarios, y se están haciendo bioensayos en especies marinas para ver los posibles efectos en la biodiversidad».
Hoy el permiso para una planta tarda más de 139 meses. ¿Cuál sería un plazo prudente?
«El tiempo es hoy uno de los principales obstáculos, plazos de más de once años son totalmente incompatibles. Confiamos en que la implementación de la Ley Marco de Permisos Sectoriales permitirá reducir en un 30% esos plazos, y luego que una nueva reforma al SEIA, nos lleven a tiempos más razonables de cuatro a seis años como en países como España y Australia».


