Bruno Stingo recorrió 17.500 kilómetros y gastó 790 litros de bencina
Tuve que evitar las zonas de guerrillas, porque están controladas por las FARC, dice.
Bruno Stingo Rissetto, ingeniero comercial, 45 años, dos hijos, divorciado, en abril pasado se pagó una deuda que tenía hace años: recorrer Sudamérica en moto por la costa del Pacífico y retornar por la del Atlántico. El plan era ir con cuatro amigos, pero en la medida que la fecha del viaje se acercaba, todos se fueron bajando, hasta que al final no le quedó más alternativa que hacerlo solo. Partió el 23 de abril de Puerto Varas, donde vive, en su moto Honda NC750 de 750 cc, con un rendimiento en carretera de 25 kilómetros por litro. El viaje, de 17.500 kilómetros ida y vuelta, le significó 250 horas de manejo y 790 litros de bencina.«Hice el viaje por dos cosas. Una, porque siempre me ha gustado viajar y la aventura y, dos, porque mi mentor en el mundo de las motos, José Miguel Castaño, me lo recomendó. La ruta de la costa del Pacífico la escogí porque es icónica, es como recorrer el sur de Sudamérica por la Carretera Austral», cuenta.
En el trecho entre Chile y Perú, dice, no tuvo mayores novedades, pero en Ecuador debió tomar una primera decisión. «Me habían advertido que era muy peligroso, que asaltaban y robaban las motos, así que era mejor que lo hiciera muy rápido, pero fue todo lo contrario. Cuando iba manejando, otros motoqueros se colocaban a mi lado y me preguntaban de dónde venía, cuánto había recorrido, de qué cilindrada era la moto, etcétera. Mi experiencia fue con gente muy amable, al punto que en Quito un grupo de cinco motoqueros que había conocido me organizaron un tour sorpresa de noche por el centro histórico de Quito», cuenta.
En Colombia, dice, el gran desafío fue la carretera y el clima. «Va rodeando los cerros al borde de precipicios. Partes en el plano con 30 grados de calor y como subes a 3.400 metros de altura, la temperatura baja a 5 grados, por lo que debes ir cambiándote la ropa por capas. El paisaje es muy bonito y diferente al nuestro. En los llano o tierras calientes ves plantaciones de bananos, de caña de azúcar y cafetales», relata.
En Colombia le habían advertido que tuviera cuidado con los policías. «Me contaron que no me debía extrañar que me pararan, me pidieran papeles y me cobraran por dejarme pasar. Y me pararon, pero no para pedirme papeles, sino para preguntarme por las calcomanías de la moto, porque también eran motoqueros . Como te veían equipado, daban por hecho que tenías los papeles en regla. Lo que sí tuve que evitar fue las zonas de guerrillas, porque están controladas por las FARC», señala.
En la frontera entre Colombia y Venezuela tuvo que hacer un cambio radical de planes. «Mi idea original era pasar por Venezuela y retornar por Guyana, Surinam, Brasil, Uruguay y Argentina, pero los colombianos y los venezolanos me advirtieron que era muy peligroso. Estaba el ambiente de las elecciones, no se podía conseguir bencina y tenía que pasar por las alcabalas, controles en que la policía te cobra por pasar, así que no me quedó más alternativa que devolverme por el Pacífico», explica.
Ya de vuelta en Chile el 26 de julio, le tocó hacer el tramo más largo. «Hice 1.100 kilómetros entre Taltal y Santiago en 11 horas, con paradas solo para comer, porque quería darles una sorpresa a mis papás, así que en algunos trechos anduve a 150 por hora», confiesa.
Sobre la experiencia, que registró en un diario de ruta, explica que más allá de los desafíos de manejo y la oportunidad de conocer paisajes y gente muy diferente, el viaje le puso a prueba otras habilidades. «Uno debe ser empático, porque en el camino encuentras a mucha gente a la que ayudas y te ayuda. También debes negociar, pero en buena lid. Surgen problemas en los controles, en las fronteras y las aduanas, pero la gente siempre es comprensiva», asegura.


