«Al principio cuesta mucho dormir. Oscurece como a las doce de la noche, hasta la dos y media hay penumbra y después vuelve el sol. También es bastante difícil acostumbrarse al frío», recuerda Angélica Casanova, profesora de biología y magíster en botánica del Centro de Biotecnología de la Universidad de Concepción.
Investiga cómo afecta el cambio climático a la vegetación de la Antártida y cuenta, oh sorpresa, que entre la nieve ¡crece pasto! «En la Antártida el calentamiento no está matando las plantas. Al contrario. Aumentan su crecimiento. Sin embargo, no sabemos qué especies están sufriendo», explica.
Esta científica casada y de 42 años tiene claro cuál fue su momento más difícil: «Cuando vas caminando por la playa y no ves que están los lobos marinos y de pronto se te para uno al lado. Ahí da mucho miedo. Hay que arrancar lo más rápido posible».
En la Base Escudero, del Instituto Antártico Chileno, también hubo tiempo libre y las películas fueron una fuente inagotable de entretención. Una que vio Angélica Casanova es «La lengua de la mariposa», que cuenta la historia de don Gregorio y de Moncho, durante la Guerra Civil Española. «Esa me gustó. Es muy bonita», explica.
Paulina Bahamonde, bioquímica también de la Universidad de Concepción, bromea con que la película «Terror en la Antártida», protagonizada por Kate Beckinsale y que cuenta la historia de un asesino en esos heladas latitudes, estaba medio prohibida en la Base Escudero. «Creo que todo el mundo la va a querer ver después, en el continente», asegura entre risas.
Tiene 26 años y fue su primera vez en el fin del mundo. Su materia es la contaminación y recorrió las bases O'Higgins, Prat y Escudero. «Unirme al equipo explorador del Ejército e internarme en el continente en motos de nieve fue maravilloso», dice.
Jenny Blamey, de la Fundación Científica y Cultural Biociencia, tiene 49 años y mucha experiencia antártica. «Creo que algunos de mis compañeros que fueron por primera vez sí tenían un poco de miedo. En el rompehielos, demasiadas olas. O cuando bajas en los zodiacs y hay oleaje», explica.
Lo suyo son los microorganismos y asegura que muchos de los que hay en la Antártida han sido descubiertos hace tan poco que todavía no han sido bautizados.
«Los fines de semana, de vez en cuando, se hace un asadito. Compartíamos alrededor de una parrilla. Afuera, a la intemperie, al frío, pero súper bien abrigados», cuenta la doctora que asegura que en la Antártida «después de una semana, todas las máscaras se caen y tú te muestras ante los otros tal cual eres».
Ingrid Hebel, de la Universidad de Magallanes, fue a la Antártida por primera vez hace 12 años y ahora celebró sus 40 en el rompehielos Óscar Viel. «La torta era como de milhojas con una crema. Exquisita. Nunca la había comido. Los cocineros del buque la hicieron», recuerda.
También tiene una queja: «Este año, para mi sorpresa, la gente estaba un poco individualista, comparado con diez o doce años atrás».
16 investigadoras coincidieron en la Antártida en enero, todo un récord histórico.


